De centros, periferias, dinámicas y soluciones que no lo son

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La Plaza. Foto: Carmen Barrios

Rettet die Provinz, Resten av Sverige, La España vacía, a la sazón un reportaje de prensa, un documental en tres partes, un libro, todos recientes (2016) y que, cada uno a su modo, se plantean el mismo problema, la misma pregunta, qué ocurre más allá de los centros dinámicos de las grandes ciudades. El desequilibrio creciente entre las zonas urbanas y las rurales en general y entre las zonas de gran concentración poblacional y las de menor en particular aparece como un problema cada vez más acuciante en Europa, sea el interior de las llanuras castellanas, la provincia francesa, la Alemania oriental o el norte de Suecia.

La preocupación por el declive de las regiones no urbanas, la “provincia” o “el resto del país”, tal y como las califican -sin sentido peyorativo- suecos y alemanes en los citados reportajes no es la única señal de que es necesario plantearse estrategias en torno a la desequilibrada distribución poblacional en distintos países de Europa. Al tiempo que empieza a cundir en la opinión pública la idea de que algo no funciona en este ámbito, se discute en Alemania y Suecia (y en España) el problema de la vivienda y de la distribución social en diversas ciudades. En Berlín hay cada vez más problemas para encontrar vivienda a precios asequibles y el aburguesamiento de los barrios centrales es cada vez más acusado, dinámica que corre paralela al estancamiento poblacional del Land de Brandenburgo, que rodea al de Berlín. En Munich la situación no es mucho mejor, pues encontrar una vivienda es tarea difícil y cara, y algo parecido ocurre en Hamburgo. En cuanto a Suecia, el progresivo despoblamiento de las regiones más nórdicas coexiste con los problemas de vivienda en la capital o con la construcción de viviendas en ciudades como Umeå, que absorben a la población rural, que se mueve a la ciudad por el déficit de servicios en sus cercanías, debilitando aún más si cabe el tejido poblacional de la provincia. Y, en lo que a España respecta, los últimos datos sobre el precio de la vivienda y de los alquileres forman una imagen de trazos similares.

Paradojas

Se llega así a la curiosa  paradoja de que faltan y sobran casas al mismo tiempo, problema que corre paralelo a la sobrecarga de los servicios en zonas superpobladas y el debilitamiento excesivo de los mismos en zonas que pierden habitantes. Si se abandona la perspectiva de la paradoja y se va un poco más allá se puede observar que se trata de dos fenómenos que se retroalimentan, las dos mitades de un círculo. Cuanto más débil es el tejido social en “la provincia”, menos atractiva resulta como lugar de vida y, con ello, más peligro de despoblamiento corre y, cuanta más gente se concentra en unas pocas conurbaciones, evitando “la provincia”, mayores son los problemas de vivienda en estos lugares y mayor es la sobrecarga de los servicios y del espacio, desde la presión sobre la red de caminos a la contaminación atmosférica local.

Se produce la paradoja de que faltan y sobran casas al mismo tiempo, problema que corre paralelo a la sobrecarga de los servicios en zonas superpobladas y el debilitamiento excesivo de los mismos en zonas que pierden habitantes

Visto que se trata de un problema compartido y que afecta a los europeos en su conjunto, de un problema que va más allá de las fronteras estatales y que no tiene nada que ver con nacionalismos ni sentimientos varios, sino con dinámicas del sistema socio-productivo, que es el mismo en todos lados -aunque cuente con matices relevantes según las áreas- es necesario preguntarse a qué intereses sirve el revivir de los nacionalismos, de los intentos de levantar barreras y marcar diferencias entre unos y otros, de plantear “Europa” como un sitio extraño al que no se pertenece, o no del todo, en vez de verlo como un espacio común cuya población, con independencia de las lenguas que hable, se enfrenta a los mismos -o muy similares- retos y problemas.

Habrá quien aduzca que, desde lo nacional(ista) se puede responder mejor al reto que supone lidiar con grandes centros urbanos cada vez más congestionados y periferias cada vez más débiles. Argumentará que es el camino para estar más cerca de la población y que ésta pueda hacerse oír y pueda influir en los procesos. Quien esto sostenga está, por decirlo suavemente, confundiendo el trasero con las témporas. Atender a las demandas regionales y locales, a la preocupación de aquellos que viven en las regiones en declive (en muchas de las cuales, por cierto, el voto de partidos como AfD en Alemania, ha sido mayor que en los centros urbanos) es una cuestión organizativa y funcional. Si el fin de una institución pública es modificar la dinámica expuesta, escuchando al mismo tiempo las demandas e ideas de los que viven en uno y otro lugar (“provincia” y “gran centro urbano”), es decir, si su fin es cambiar una dinámica perniciosa para el conjunto social pero dentro y a través de los parámetros democráticos, la institución tiene que organizarse funcionalmente para alcanzar este objetivo. En este proceso el nacionalismo, lo “identitario” y demás variaciones no pintan absolutamente nada. El lema del funcionalismo es el que rige en este caso, la forma sigue a la función (form follows function). Dar una respuesta concreta a la pregunta de qué formas tiene que adoptar el conjunto de instituciones públicas que hayan de encargarse principalmente de este problema es ciertamente complejo, pero un primer paso es reconocer que tenemos un problema, que es común al conjunto del continente y que, por ello, el camino de la división no va a proporcionar solución alguna.

 

 

Enrique Corredera Nilsson
Acerca de Enrique Corredera Nilsson 12 Articles
Historiador. Del Mediterráneo al Báltico, Europa es mi casa. Por vocación me dedico a analizar el pasado, pero lo que más me gusta es pensar el futuro para construir el presente. De momento lo hago a medio camino entre una y otra mar, a la orilla de un tercero, el de Suabia”

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