Curso urgente de relaciones laborales para Ada Colau

(Desde la perspectiva de los de abajo)

tren pintado
El metro rompe el muro. Foto: Carmen Barrios

No ha tenido mucha fortuna con la huelga del Metro Ada Colau. Quizás necesite algún relevo entre su equipo de asesores y comunicólogos. Primero dijo aquello de que el Ayuntamiento no se sentaría a negociar mientras los trabajadores estuvieran en huelga. Ada es una persona muy inteligente y se dio cuenta de inmediato de que ese envite no era propio de la nueva política, sino más bien del más rancio empresariado de toda la vida. Rectificó.

Luego convocó una rueda de prensa y regaló una cifra a la prensa. Una cifra que supuestamente era el sueldo medio mínimo –¿o era el mínimo medio?- entre los trabajadores del Metro barcelonés. No se sabe muy bien si cogió la tabla del convenio, sumó todos los salarios y los dividió por las categorías reflejadas en él. O más bien tomó la masa salarial y la dividió entre el numero total de personas que componen la plantilla. El caso es que el comité de huelga se apresuró a desmentir la cifra trasmitida a los medios. Y es que aquello de que los números no mienten, muchas veces no viene a ser del todo cierto. Los números mienten. O mejor dicho, podemos hacerlos mentir. El caso es que además de desmentir, el comité de huelga añadió que la masa salarial de la plantilla había sufrido un descenso en los últimos años, mientras que la de los directivos, fuera de convenio, había experimentado un movimiento contrario y más acusado. Los directivos, a la sazón, constituyen en el Metro de Barcelona un colectivo muy abultado. Representan, aproximadamente, en torno al diez por ciento de la plantilla. Y es que TMB, la empresa pública que gestiona el Metro, parece ser un más que acogedor refugio de ex-altos cargos del PSC y CiU (puritita casta, Ada). Entre tanto, la oferta de subida salarial, concretada en el 1 por ciento, fue presentada por la empresa como un gran esfuerzo, al límite de sus posibilidades. Una oferta hecha después de cuatro años de congelación salarial y un tercio menor que la que los sindicatos y la patronal firmaron para la negociación colectiva de este año tampoco es que sea para lanzar cohetes.

El tercer acto de este infortunio, hasta el momento, han sido unas nuevas declaraciones –¡ay, los micrófonos!-. Esta vez la alcaldesa se ha manifestado como firme defensora del derecho de huelga. Pero, claro, siempre que previamente se hayan perdido derechos. No descartamos que entre el momento de escribir estas líneas y su publicación los micrófonos vuelvan a tentar a Ada Colau y le jueguen una nueva mala pasada.

Y es que a la alcaldesa de Barcelona, dicho con todos los respetos, no le vendría mal un curso urgente de relaciones laborales. No se trataría de un curso cualquiera, como el que podría impartir uno de esos grandes bufetes de abogados que le cobran un ojo de la cara a las multinacionales por pleitear contra sus trabajadores o a los gobiernos, por redactarles el articulado de reformas laborales que convierten la vida de la gente en un infierno. No. Tendría que ser un curso impartido desde la perspectiva de los de abajo.

Por ejemplo, en ese curso debería aclararse que airear los supuestos salarios de los trabajadores de una empresa pública en huelga, del modo en que se ha hecho en el caso del Metro de Barcelona, no es una buena idea. No puede serlo para la nueva política, porque no tiene nada que ver con la transparencia. Tristemente nos recuerda al argumentario empleado por Lucía Figar y Esperanza Aguirre contra los profesores de la enseñanza pública madrileña, cuando éstos decidieron ir a la huelga con el impulso de la Marea Verde. No me extrañaría nada que se tratase de una idea sugerida por algún directivo de la TMB. Uno de esos que cuenta con un contrato blindado, cuyo salario ha engordado un 14 por ciento durante la crisis y que tiene convencida a la alcaldesa de que, efectivamente, la huelga del Metro no es sino una conspiración contra la corporación (¡El management moderno carpetovetónico conserva tantos recursos franquistas!).

Airear los supuestos salarios de los trabajadores del Metro, tal y como se ha hecho, sólo puede servir para tratar de aislarles socialmente y dividir a los de abajo. Responde a una lógica perversa según la cual los trabajadores en huelga son unos privilegiados egoístas –tienen empleo fijo y salarios supuestamente decentes- que con sus paros fastidian a los vecinos, muchos de los cuales están en paro o tienen empleos precarios y carecen de recursos para hacer huelga. Pero resulta que los vecinos también son trabajadores y, a su vez, los trabajadores son igualmente vecinos. Y lo mejor que puede hacer un ayuntamiento del cambio es contribuir a tejer la solidaridad entre ambos, porque no cabe imaginar emancipación alguna desde la atomización social que provocan las políticas neoliberales. Y porque unas condiciones de trabajo decentes son imprescindibles para unos servicios públicos de calidad. En este punto, el curso de relaciones laborales incluiría una actividad extraescolar: se proyectaría la película La cuadrilla, de Ken Loach.

Airear los supuestos salarios de los trabajadores del Metro sólo puede servir para tratar de aislarles socialmente y dividir a los de abajo. Responde a una lógica perversa según la cual los trabajadores en huelga son unos privilegiados egoístas que con sus paros fastidian a los vecinos, muchos de los cuales están en paro o tienen empleos precarios y carecen de recursos para hacer huelga.

En el tema segundo de ese hipotético curso urgente de relaciones laborales se explicaría que el ejercicio del derecho de huelga no tiene por qué limitarse a aquellos momentos en que los trabajadores han perdido derechos. También es pertinente cuando se pretende alcanzar otros nuevos. Tal es el caso, por ejemplo, del más de medio siglo de huelgas y otras formas de lucha por la jornada de ocho horas. Cuando en Europa y Norteamérica se iniciaron las movilizaciones, a partir de jornadas de 12, 14 y hasta de 16 horas, no se había perdido, obviamente, derecho alguno. La Revolución Industrial nunca impuso jornadas de 24 horas. Era imposible.

Y en este punto y para que el curso resulte ameno, recurriríamos a una nueva actividad extraescolar. En este caso, la película elegida para proyectar no sería otra que Sufragistas. Se observará en ella que las mujeres que lucharon por el derecho al voto, nunca habían votado antes. Desde ese punto de vista no habían perdido derecho alguno. Más bien pretendían uno nuevo que les permitiese la conquista de la condición ciudadana. Pues lo mismo sucede con la huelga: ¿Por qué sólo ha de ejercerse ante la pérdida de derechos?

No podemos agotar aquí el temario, pero en nuestro posible curso urgente debería quedar claro que en casos como el que comentamos no conviene fiarse mucho del stablishment. Por ejemplo, frente a lo dicho y escrito por algunos de sus voceros, que en una misma ciudad convivan un congreso mundial de móviles y una huelga no es un problema de mala imagen. Al revés, se trata de un síntoma de excelente salud democrática.

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