Digitalización, mentiras y cintas de vídeo

Tecnificada
Tecnificada en rojo. Foto: Carmen Barrios

La introducción de nuevos productos y tecnologías en el mercado no es un proceso lineal, los consumidores muchas veces toman sus decisiones en base a intangibles generados por el uso del producto que ni se les había pasado por la imaginación a los diseñadores y fabricantes. A igualdad de precio no siempre eligen el mejor producto, técnicamente hablando.

El ejemplo más utilizado para ilustrar este fenómeno es el gran debate de los años setenta y ochenta sobre las cintas de video, ¿VHS o Betamax? Habiendo un consenso entre los expertos sobre la mayor calidad técnica de Betamax (más líneas de imagen) es indudable que la empresa Sony, comercializadora de las cintas Beta, cometió varios errores de comercialización: 1) la mayor calidad de sus cintas solo era perceptible en equipos de alta gama; 2) debido a la inicial posición de monopolio que tenía Sony, su producto fue pionero y al principio tenía el 100% del mercado, eligió un formato cerrado de forma que muy pocos fabricantes de reproductores de cintas podían reproducir las cintas Beta, incluso intentó que el gobierno japonés solo aprobara un estándar de video; 3) y la duración de la cinta era menor. La mayor capacidad del formato VHS para socializar las cintas de video, de forma similar a dejar un libro a un amigo, fue indudablemente una de las razones de su éxito.

Venimos oyendo desde hace un tiempo un nuevo mantra: la digitalización de la economía va a generar un fuerte desempleo tecnológico que va a determinar, por tanto, las relaciones laborales del futuro, así como un alto grado de desigualdad social. Un nuevo determinismo tecnológico que resta espacio a la importancia de las relaciones sociales, y particularmente a las relaciones laborales, en la introducción de nuevas tecnologías en los procesos productivos y que ha dado lugar a un sin número de exageraciones, inexactitudes e incluso de evidentes falacias. No es la primera vez, recordemos a mediados de los años noventa las profecías fracasadas de “la nueva economía” y del “fin del trabajo” de Jeremy Rifkin.

Este análisis simplista se convierte en una especie de ley natural contra la que no cabe oponerse: el crecimiento del desempleo y la creciente desigualdad laboral y social vienen determinada por la incorporación de nuevas tecnologías.

La digitalización es una automatización de procesos productivos que tiene una característica diferencial sobre otros procesos similares ocurridos en el pasado, a diferencia de la robotización de las fábricas la digitalización se produce sobre todo en actividades de servicios con trabajadores de alta cualificación, ingenieros, abogados, médicos. La aplicación productiva de muchas nuevas tecnologías relacionadas con la Inteligencia Artificial (como la minería de datos, las estadísticas computacionales o las maquinas de sensores avanzados, como la visión) ha permitido diferenciar en puestos de trabajo de alta cualificación entre aquellas tareas que realmente incorporaban conocimiento y creatividad y otras que eran meras operaciones repetitivas sustituibles por programas informáticos. Es indudable que esa realidad incorpora un factor de incertidumbre sobre determinados grupos sociales que hasta ahora se consideraban a salvo de los procesos de automatización. Por cierto, las propuestas que piden gravar fiscalmente la automatización de los procesos productivos, los robots, olvidan que los chips también son robots, aunque de apariencia menos hostil.

A menudo se olvida que el cambio tecnológico solo incide positivamente en el crecimiento económico si lo hace sobre la oferta y la demanda, mejorando la productividad y creando nuevos hábitos de consumo en torno a nuevos productos.

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Gráfico 1

 

Como se observa en este gráfico sobre “Productividad y salarios reales medios” entre 1945 y 2010 de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) de EEUU hasta los años setenta los salarios reales y la productividad tenían una evolución paralela, pero desde mediados de esa década se produce una brecha creciente entre los índices de productividad y los salarios reales de los trabajadores que trabajan en la industria anifacturera en EEUU, de forma que la riqueza generada en las empresas se distribuye cada vez de forma más desigual entre el capital y el trabajo.

Dean Baker, codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR) de Whasington D.C., considera que la excesiva atención que se presta a la digitalización como causa de la pérdida de puestos de trabajo tiene como objetivo evitar que se analicen las causas reales del deterioro de las condiciones de vida de millones de trabajadores que no son tecnológicas, sino políticas, derivadas de las medidas tomadas desde los años ochenta para debilitar a los sindicatos. En EEUU los sindicatos han perdido más de tres millones de afiliados en los últimos treinta años, no es la revolución digital sino la contrarrevolución neoliberal según Baker, la causante de la creciente precariedad y de los altos índices de desempleo actuales de algunos países.

En EEUU los sindicatos han perdido más de tres millones de afiliados en los últimos treinta años, no es la revolución digital sino la contrarrevolución neoliberal, la causante de la creciente precariedad y de los altos índices de desempleo actuales de algunos países.

A partir de los años setenta, cuando se empieza a producir la divergencia creciente entre salarios y productividad que indica el gráfico, es cuando en EEUU se inicia un cambio muy importante en la gestión empresarial. El 13 de septiembre de 1970 Milton Friedman escribió un famoso artículo “La responsabilidad social de la empresa es crear beneficios”, en el que defendía que el principal fin de la empresa es crear valor para el accionista. A partir de entonces dos perniciosas ideas se esparcen en el campo de la gestión empresarial: 1) el principal objetivo de los directivos empresariales es maximizar el valor de la acción a corto plazo, por tanto la empresa ya no es un lugar donde hay que llegar a consensos internos entre los trabajadores y los accionistas, lo que ha incrementado la financiarización de actividad productiva; 2) las grandes empresas deben concentrar su actividad en la parte del proceso productivo que tiene menos competencia, que crea más valor porque se puede ejercer poder de mercado, externalizando gran parte del resto de la actividad productiva más estandarizada, a la que más se puede restar valor.

De esta forma se consigue que los riesgos e incertidumbres que toda actividad económica genera por las fluctuaciones de la demanda se trasladen del capital (mayores o menores beneficios) a los trabajadores (mayor o menor desempleo). El empleo y los salarios se han convertido en la principal variable de ajuste en situaciones de crisis.

El elemento clave de la relación entre el grado de disrupción de las nuevas tecnologías y sus efectos en el empleo no son las tecnologías en sí mismas, sino como se aplican en un entorno empresarial y social concreto. Parece evidente que disponemos de tecnología suficiente para que los trabajadores de cajeros automáticos sean sustituidos por máquinas auto-servicio y auto-pago, pero todavía hay tres millones de personas trabajando como cajeros en EEUU. Es indudable que, como ocurría con las cintas de video, para realizar las compras habituales en los comercios cercanos los consumidores valoran otros intangibles humanos antes de aceptar relacionarse solo con máquinas para pagar.

El elemento clave de la relación entre el grado de disrupción de las nuevas tecnologías y sus efectos en el empleo no son las tecnologías en sí mismas, sino como se aplican en un entorno empresarial y social concreto.

Por eso hay que dimensionar algunas noticias que se generan a partir de trabajos muy teóricos, como el recientemente realizado por Frey y Osborne “El futuro del empleo” de la Universidad de Oxford, que llega a la conclusión que el 47 % de los trabajadores de EEUU tienen riesgo de que sus puestos de trabajo se automaticen. Recientemente un estudio de la OCDE “El riesgo de la automatización de trabajos en los países de la OCDE, un análisis comparativo”, realizado por tres economistas alemanes (Arntz, Gregory y Zierahn) relativizan ese riesgo para EEUU en tan solo un 9% de los empleos, y critican la metodología del trabajo de los académicos británicos: solo estudiaron con detalle el riesgo de automatización de setenta ocupaciones y luego imputaron de forma mimética esos ratios a otras seiscientas treinta y dos ocupaciones, sin analizarlas en profundidad.

De la misma forma que los procesos de descentralización y la externalización productiva que se observan en el mundo empresarial desde hace décadas no vienen determinados por una lógica empresarial inapelable, sino por una determinaba visión política de la economía que tiene muy claro que los latifundistas de capital deben ser los primeros y mayores beneficiarios del esfuerzo de los trabajadores, tampoco la innovación tecnológica determina un desempleo creciente ni una mayor desigualdad social. En concreto en España no se pueden entender las altas tasas de desempleo actuales sin considerar los efectos que las políticas de austeridad fiscal y devaluación salarial han tenido en la depresión de la demanda de inversión y consumo de nuestro país.

En las sociedades complejas, desarrolladas y democráticas del siglo XXI la conclusión no puede ser que el cambio tecnológico debe ser dirigido solo desde un punto de vista microempresarial, como sucedió en el siglo XIX, con los enormes costes y conflictos sociales que ello originó. El ritmo de incorporación de nuevas tecnologías debe ser definido por toda la sociedad a través de adecuadas regulaciones, por ejemplo un estudio de Boston Consulting Group sobre el coche autónomo predice que solo significaran el 10% del parque de vehículos en 2035, aunque la tecnología está disponible. La velocidad del cambio tecnológico aplicado es más lenta de la que hacen algunos de sus apologetas.

Por un lado, es necesario reequilibrar la negociación colectiva de forma que se reconstruyan los debilitados consensos internos en la empresa fortaleciendo la capacidad de interlocución de los sindicatos y, por tanto, las posibilidades de adaptación de los trabajadores a nuevas tareas, minimizando el riesgo de desempleo tecnológico. En España esto significa derogar las dos últimas reformas laborales.

Por otro lado, al salir gran parte del proceso de innovación del interior de la propia gran empresa incrementando los procesos de disrupción tecnológica, es necesario establecer nuevas estructuras e instituciones que permitan alcanzar consensos en perímetros sociales más amplios. En la medida en la que un Estado Emprendedor tiene un importante papel en la definición de la creación de entornos locales de innovación, al ser un factor catalizador en el diseño de todo el ecosistema innovador, también tiene que participar en la definición del modelo industrial y productivo resultante y en el análisis de los efectos que esos cambios pueden tener en el conjunto de la sociedad.

Como nos dice Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, la tecnología digital está teniendo menos impacto en el mercado de trabajo que otras tecnologías introducidas en el pasado, como la electricidad, el automóvil, el avión, etc., son los sectores relacionados con las aéreas sociales y con la economía verde los que en EEUU están demandando más empleo. Estos mismos sectores que en España están subdesarrollados por las políticas de austeridad fiscal y recorte del gasto público, por la falta de una política industrial inteligente y por el enorme poder político que tiene el oligopolio eléctrico en nuestro país.

Bruno Estrada. Economista, adjunto al secretario General de CCOO.

Ramón Górriz. Secretario de acción sindical de CCOO.

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