De la descomposición de la patria Gothorum al esplendor de al-Ándalus

Mujer apoyada en el muro
La espera. Foto: Carmen Barrios

A partir del desembarco de las tropas árabes de Tariq en la península el relato colectivo de nuestra historia entra en un cierto trastorno bipolar, que llega hasta nuestros días. Por un lado, según van pasando los años la identidad visigoda-cristiana va haciéndose progresivamente residual aunque finalmente, con la definitiva expulsión de los últimos gobernantes musulmanes en el siglo XV, formará parte del relato cristiano oficial que intentará buscar sus raíces escarbando en esa patria Gothorum que apenas cristalizó.

Por otra parte, asistimos al surgimiento de una nueva identidad andalusí árabe-islámica que ya estará plenamente consolidada en el siglo X, pero que con posterioridad será borrada de la historiografía oficial.

La existencia desde hace más de un milenio de, al menos, una duplicidad de identidades colectivas posiblemente sea uno de los factores explicativos de una parte importante de nuestros actuales problemas identitarios como nación. No se puede establecer una identidad nacional que quiera ser incluyente si se reclama solo de una parte de la sociedad, negando a la otra mitad.

No obstante, puede ser una oportunidad para construir una identidad nacional mestiza, sincrética, más tolerante con el diferente, menos excluyente que la que se ha construido en otros países europeos, ya que no puede estar basada en el concepto racial, como ha sucedido en otros países. Un reciente estudio de la Universidad de Leicester (Reino Unido) y de la Pompeu Fabra de Barcelona ha revelado que un 10% de los actuales españoles tenemos características genéticas de los magrebíes, y un 20% de judíos, fenicios y cartagineses. Es una realidad política y social que los movimientos xenófobos, racistas, de rechazo a los inmigrantes están mucho menos arraigados en nuestro país que en otros países del Centro y Norte de Europa.

Un reciente estudio de la Universidad de Leicester (Reino Unido) y de la Pompeu Fabra de Barcelona ha revelado que un 10% de los actuales españoles tenemos características genéticas de los magrebíes, y un 20% de judíos, fenicios y cartagineses.

Es indudable que el relato de la propia conquista árabe de la patria Gothorum ha estado sujeto a profundas controversias históricas.

La Historia oficial

Hay una Historia oficial, difundida por el establishment cristiano y musulmán de la época, que se nutre de un relato en el que predomina la confrontación violenta entre dos civilizaciones. Las razones de esta crónica militar son principalmente económicas, ya que permitió a las respectivas aristocracias feudales, en diferentes momentos de la Historia, mantener y acrecentar sus tierras, y sus privilegios.

Para la aristocracia militar árabe, más que por cuestiones ideológicas-religiosas que no eran las más relevantes durante los primeros años, una narración violenta de la conquista de la antigua Hispania tenía finalidades muy prácticas, permitía a los califas Omeyas de Damasco atribuirse nuevas propiedades en los territorios conquistados con mucha mayor discrecionalidad, sin respetar los derechos dinásticos de la aristocracia visigoda.

Hay que pensar que el Islam de principios del siglo VIII, apenas ochenta años después de la muerte del profeta, no tenía un corpus doctrinal tan diferente del cristiano y hay que recordar que para los musulmanes los cristianos y los judíos formaban parte de las tres religiones del Libro. Las disputas teológicas de las élites que dominaban la sociedad visigoda entre católicos y arrianos en esos años no eran muy diferentes a las que podían establecerse entre cristianos y musulmanes. Y en todo caso resultarían indiferentes para la mayor parte de la población.

La jerarquía religiosa cristiana, que también era propietaria de grandes latifundios, con posterioridad ha construido una fábula ideológica de la Reconquista, ocultando aquellos aspectos que pudieran mostrar que las cosas habían sucedido de otro modo. La historiografía más reaccionaria llegó a buscar una continuidad de la “nación española” en las poblaciones cristianas que se quedaron en los territorios bajo dominio árabe. Algo absurdo, ya que con el paso de los siglos se produjo una profunda asimilación cultural y social de los pobladores peninsulares ante el poder militar y económico de los nuevos señores feudales musulmanes, pero también ante su superioridad cultural.

En 711 llegan las tropas árabes a la Península

Por lo menos hay un sólido consenso respecto a que la llegada de tropas árabes a la península en el año 711, comandadas por el caudillo militar Tariq b. Ziyad, tuvo una profunda relación con la guerra civil que se había desatado entre la nobleza visigoda tras la muerte del rey Vitiza. La pretensión de los hijos de éste era suceder a su padre en el trono de Toledo, mientras una parte importante de los señores de la guerra godos no aceptaron esa continuidad dinástica y nombraron rey a un tal Rodrigo, que se instaló en Córdoba.

La derrota de las tropas árabes en Covadonga fue uno más de los diferentes episodios militares que se sucedieron, aunque en este caso a favor de las tropas cristianas comandadas por Don Pelayo. Hay un gran consenso por parte de los historiadores en considerar que esta escaramuza militar no fue ni muy relevante ni decisiva.

Cuando Rodrigo fue a enfrentarse a las tropas árabes que habían cruzado el estrecho reclamó la ayuda de los hijos de Vitiza. Estos se presentaron con numerosas tropas, pero antes de entrar en batalla enviaron emisarios a Tariq indicándole que Rodrigo era solo “uno de los perros de su padre” y que ellos estaban dispuestos a llegar a un acuerdo siempre que se les asegurara la posesión de las más de tres mil aldeas que les había dejado su padre en herencia. Safaya al- muluk (los bienes inalienables de los reyes) fue como se denominaron en lengua árabe esas posesiones en los tratados que se firmaron.

Tariq era un mero caudillo militar a las órdenes del indómito gobernador del Magreb, el yemení Musa B. Nusayr, por eso finalmente el pacto entre los hijos de Vitiza se acordó con el mismo califa Omeya de Damasco, al-Walid, quien les otorgó un documento en el que se reconocían sus derechos sobre los safaya al-muluk. Las tropas de los hijos de Vitiza no se enfrentaron a los supuestos invasores y el rey Rodrigo fue derrotado en la batalla de Guadalete. La facilidad con la que Tariq avanzó por ese nuevo, extenso y rico territorio hizo que el propio Musa decidiera cruzar el estrecho y participar en la rendición, militar o pactada, de importantes ciudades.

Pactos y guerras

La nobleza visigoda, incluida la religiosa, adoptó diferentes actitudes ante la llegada de los nuevos invasores. Hay que recordar que ellos mismos lo habían sido apenas cuatro generaciones antes y que la población visigoda no representaba más del 2% de la población total de la península, que era de unos seis millones de habitantes. Algunos nobles se opusieron por la armas a esos nuevos señores llegados de Oriente y a medida que iban siendo derrotados se fueron desplazando hacía las tierras del Norte, que habían sido menos romanizadas, y tenían una estructura poblacional más dispersa y menos urbana.

Pero no fue lo más habitual, en multitud de casos se alcanzaron pactos que mantuvieron los privilegios de la nobleza visigoda pre-existente, y muchos de estos pactos terminaron en alianzas matrimoniales.

Los propios descendientes de Vitiza dieron lugar al linaje de los Banu Hayyay, que tuvo un papel relevante en la aristocracia musulmana de Sevilla. Gracias a ello tenemos una de las fuentes históricas más relevantes de lo que sucedió realmente: el relato de Ibn al-Qutiya, que nos narra como su tatarabuela Sara la Goda, nieta del rey Vitiza, viajó hasta Siria pocos años después de la llegada de Tariq para reclamar sus posesiones ante el califa Hisam.

En Navarra el señor de aquellas tierras, el godo Casius, viajó en el temprano año de 714 a Damasco para jurar obediencia al califa de Damasco, dando lugar al linaje de los Banu Qasi (los hijos de Casius). Por cierto, parece que esta familia de cristianos voluntariamente islamizados tuvo un papel relevante en la derrota de las tropas de Carlomagno en Roncesvalles, ayudando a los ejércitos de los politeístas vascones. Los matrimonios mixtos entre las aristocracias visigodas y árabes debieron ser tan frecuentes que el Papa Adriano I se lamenta de ello en una carta fechada a finales de ese siglo.

Gran parte de la jerarquía católica continuó a cargo de sus diócesis en al-Ándalus, y se permitió la práctica de la religión cristiana, aunque con importantes limitaciones en su expresión pública. Se podían construir nuevas iglesias, aunque siempre extramuros y la población originaria que mantuvo la religión cristiana tuvo que hacer frente a nuevos impuestos que se harían más gravosos con el paso de los años.

El latín se fue abandonando por las clases cultas, ya que el árabe proveía de mucho más conocimiento gracias a que se convirtió en el vehículo de transmisión de la cultura grecolatina.

Asimismo, uno de los hijos del propio Musa, Abd al-Aziz, se casó con una noble visigoda, aunque este matrimonio parece que tuvo otros objetivos. El riesgo del surgimiento de un poder autónomo del califa en la península, los pactos alcanzados con la nobleza visigoda, el reparto del botín de conquista que según el califa era lesivo para sus intereses, todas estas cuestiones hicieron que Musa fuera llamado a Damasco, de donde no volvió jamás. En este contexto el matrimonio de su hijo al-Aziz tuvo un final letal, fue asesinado por otros altos mandos militares árabes a las órdenes del califa, ante el peligro de que fuera la piedra angular de un pacto más general con la nobleza visigoda que buscara una emancipación del poder de Damasco.

No obstante, resulta evidente que no todo fueron pactos, por ejemplo, la toma de Mérida solo fue posible después de una cruenta batalla. La derrota de las tropas árabes en Covadonga fue uno más de los diferentes episodios militares que se sucedieron, aunque en este caso a favor de las tropas cristianas comandadas por Don Pelayo. Aunque también hay un gran consenso por parte de los historiadores en considerar que esta escaramuza militar no fue ni muy relevante ni decisiva. La magnificación posterior por los historiadores cristianos hizo que se convirtiera en el hito fundamental del inicio de la Reconquista, a pesar de que en la campaña contra Don Pelayo participaron las tropas de Oppas, entonces arzobispo de Toledo.

La realidad es que se produjo una progresiva arabización e islamización de los pobladores originarios, proliferaron las masivas conversiones religiosas, y el latín se fue abandonando por las clases cultas, ya que el árabe proveía de mucho más conocimiento gracias a que se convirtió en el vehículo de transmisión de la cultura grecolatina.

Hay que tener en cuenta que los dos siglos de batallas dinásticas y religiosas entre la nobleza visigoda habían ido arruinando progresivamente el desarrollo alcanzado durante la Hispania romana, las ciudades se habían ido despoblando y gran parte de la población se había trasladado al campo bajo el control de los terratenientes godos. Los nuevos señores llegados de Oriente ofrecieron una mayor estabilidad política y económica que permitió que en dos siglos Córdoba fuera la capital económica y cultural de Europa, con más de medio millón de habitantes.

 

 

 

 

Bruno Estrada
Acerca de Bruno Estrada 22 Articles
Economista. Adjunto al Secretario General de CCOO. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y del Consejo Internacional de Economía de PODEMOS.

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