La España inacabada y la batalla (casi) perdida en la “guerra cultural”

El Abrazo
El Abrazo (Juan Genovés). Foto: C. Barrios

La cuestión territorial vuelve a retroalimentar el espacio ideológico nacionalista más conservador y ganando la batalla cultural a la izquierda. “Vienen tiempos de dolor para Catalunya y para España”, sintetiza Monedero. “La desconfianza crece y nos estamos empezando a faltar al respeto. La sociedad se está rompiendo. Nos hablamos menos y nos insultamos más. Se respira en la calle”.

Lo nacional, ese espacio en el que la recuperación de la idea de patria, pegada a la de soberanía nacional, hacía soñar a Podemos con una hegemonía ideológica se da la vuelta y augura riesgos ciertos de recentralización autoritaria. Lo triste es que a ello contribuye  a una visión ramplona sobre la idea de España, que deja un enorme espacio a las posiciones más conservadoras y que solo en los últimos días parece intentar corregirse.

¿Es España una nación o solo es un Estado?

Dice Errejón que es imposible que “los sectores transformadores puedan construir hegemonía en un país cuyo nombre no quieren pronunciar”. Se refiere, sin decirlo, a la larga tradición de la izquierda de sustituir habitualmente la palabra España por “el Estado” lo que acentúa su dimensión de superestructura institucional. Eran los términos que utilizaba la oposición antifranquista hasta los años ochenta y son los que utiliza Podemos cuando define a España como Estado plurinacional o como país de países. Supone, de hecho, negarle el carácter de nación, es decir, regatearle vínculos afectivos entre sus ciudadanos lo que deja un enorme espacio a la conexión entre esas emociones y las posiciones conservadoras.

La idea de España como “patria plurinacional” es falsa y difícil de digerir si solo pone el acento en la voluntad de estar juntos como comunidad de países y no reconoce ni da valor al pegamento existente como comunidad de ciudadanos.

La idea central de Podemos ha sido “conjugar el concepto de patria con la idea de plurinacionalidad”. Pero se trata de una tarea harto difícil cuando asume que Cataluña o Euskadi son naciones, porque así lo consideran sus ciudadanos mientras ignora que una inmensa mayoría de España también se considera nación. Hay que decirlo claro: la idea de España como “patria plurinacional” es falsa y difícil de digerir si solo pone el acento en la voluntad de estar juntos como comunidad de países y no reconoce ni da valor al pegamento existente como comunidad de ciudadanos.

Las posiciones de Unidos Podemos sobre la cuestión territorial es un síntoma, precisamente, de dependencia ideológica del nacionalismo periférico. Pues contribuye a que se esté más cerca que España reconozca a Cataluña o Euskadi como naciones a que éstas reconozcan como nación a España. Y ambas cosas son imprescindibles. El Estatut de Cataluña, que se presentó a las Cortes en 2005, con el apoyo del 85% del parlamento catalán, establecía en su Preámbulo, que “Cataluña es una nación”y, más adelante, que “España es un estado plurinacional”. En términos similares, se presentaba, años antes, la propuesta de Estatuto vasco elaborada por Ibarretxe, que contraponía la idea de “nación vasca” a la de “Estado español’.

Nación de naciones. El reconocimiento de España como proyecto inacabado.

La idea de “nación de naciones”, que el PSOE toma o abandona según toca y que Podemos no asume, no es un concepto forzado cuando se refiere a España, dada la complejidad de nuestros vínculos como Estado compuesto. España fue pronto, en el siglo XV, un Estado unitario, pero tuvo que esperar al siglo XIX para sentirse como nación en el fragor de la lucha contra el invasor francés, que cristaliza en las cortes de Cadiz. Pero doscientos años después, la cuestión sigue sin resolverse del todo.

Si hace 100 años después, Ortega reconocía que “España no existe como nación” y que seguía siendo “el nombre de una cosa que hay que hacer”, la integración económica y social del último siglo ha acentuado las conexiones, a pesar de que los 40 años de dictadura franquista y los otros 40 de democracia, la mitad de ellos construyendo un proyecto común y la otra mitad destruyéndolo, hayan dejado sedimentos contradictorios. Pero una cosa es evidente: hoy el sentimiento de España como nación es ampliamente compartido en todas las comunidades, si asumimos que incluye a la mitad de los ciudadanos vascos y catalanes.

Hoy el sentimiento de España como nación es ampliamente compartido en todas las comunidades, si asumimos que incluye a la mitad de los ciudadanos vascos y catalanes.

España es una nación aunque sea una “nación inacabada”, porque no integra a la mitad de los ciudadanos de dos de sus comunidades mas simbólicas y desarrolladas. Pero también Cataluña y Euskadi son naciones inacabadas si no reconocen que el 50% de sus habitantes no desean separarse de España. Integrar a la mitad de esa mitad nacionalista en un proyecto común es la tarea.

La complejidad crece si pensamos España desde Galicia, Andalucía, Aragón, Valencia… todas ellas con sentimientos históricos reforzados desde su reconocimiento como Comunidad que no es posible ignorar. Lo esencial no es como cada comunidad autónoma se denomina a sí misma, si como nación o como “Estado libre asociado” (Baviera se denomina así en Alemania). Lo esencial es que bajemos a la arena del cambio constitucional. Y asumamos cómo perfeccionar una legitimidad compartida a doble vuelta, en los parlamentos autonómicos y en el Senado, basada en un nuevo pacto territorial que sancione constitucionalmente lo que una comunidad no puede imponer al Estado ni el Estado a la comunidad. Integrar ideas de pensadores conservadores como el blindaje de los derechos históricos (Herrero de Miñón) o la administración única (Manuel Fraga) sería el modo de caminar hacia la lógica del Estado Federal, que fuerza a una mayor cooperación cuanta más autonomía se concede.

Los enemigos de la nación

No tener en cuenta estas realidades están facilitando un cierto desvarío en el proyecto transformador. Y lo mismo ocurre con el acriticismo sobre los separatismos. Precisamente porque nada construye tanto el sentimiento de patria como un buen enemigo, seleccionar éste es la decisión política decisiva, pues orienta en qué aspecto de la realidad se debe poner el acento y cuál otro hay que relativizar.

En el momento actual de la globalización es acertado conectar la idea de patria con la batalla contra los buitres de las finanzas, de los corruptos y de los recortes que son los que subyugan la soberanía implícita en la idea de de la Europa de los Pueblos.

En el momento actual de la globalización es acertado conectar la idea de patria con la batalla contra los buitres de las finanzas, de los corruptos y de los recortes que son los que subyugan la soberanía implícita en la idea de de la Europa de los Pueblos. Pero, por lo mismo, cuesta mucho trabajo entender la condición de aliado al Puigdemont más separatista mientras se pone el foco exclusivamente en Rajoy. Difícil de digerir sobre todo cuando su “derecho a decidir” no era el nuestro, pues blanqueaba el objetivo de deshacerse de la España pobre y atrasada y su conexión con los poderes corruptos. Construir pequeños Estados independientes es hoy lo opuesto a la soberanía, no es esa la forma en que se gana autonomía ciudadana en el contexto de la globalización. No está de más recordarlo de vez en cuando.

Quizás quede tiempo para revertir ciertos errores. Profundizar en la idea de “nación de naciones”, aliarse con esa idea de España asentada en las federaciones periféricas del PSOE, es esencial para ganar la batalla territorial y una idea de “patria” que permita ganar centralidad y movilice una ilusión colectiva y transformadora como proyecto-país.

 

 

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