La espera

Cabeza
Cabeza. Foto: Carmen Barrios

RELATO:

La espera

Él amenaza con matar a mi silla de ruedas. Me lo dice con calma impostada, con su boca pegada a mi oído mientras me sienta en la taza del váter y me baja las bragas de un tirón hasta los tobillos.

-De alguna manera te tendré que castigar, no paras de interrumpirme. Tanto “tengo pis”, “me hago pis”, ¡joder con el pis!…Voy a colgar tu mierda de silla de ruedas de un gancho boca abajo, la voy a estrellar contra las paredes hasta que se le desencajen todos los engranajes y vomite la vida por las ruedas-. Cuando termina de escupir las palabras, saca la silla del baño a patadas y empellones violentos y la deja tirada, de mala manera, en el suelo del pasillo.

-Me voy a dar una vuelta, porque si no… Y reflexiona Julia, te dejo ahí sentada en el rincón de pensar para que sueltes todo el pis de una vez y te des cuenta de cómo me tratas- le escucho decir en otro tono, casi relajado, como si hablara a una niña pequeña, mientras se aleja.

Yo permanezco aquí, sentada en la taza del váter con el cuerpo desmadejado e informe y el susto oprimiendo mi cuerpo como un vestido veinte tallas más pequeño. Desde mi posición veo a mi silla inane, casi la oigo gemir en un crujir de engranajes, como si intentara recomponerse para no asustarme, pero no consigue el más mínimo movimiento. Me encuentro fatal, como una figura rota. No tengo habilidades para la movilidad, una enfermedad dejó mis piernas inútiles, deformadas, y soy gorda, mi cuerpo pesa tanto que yo sola ya no puedo moverlo.

Me siento como el hierro, descamada por un tiempo eterno, parado, detenido en el contorno de mi cuerpo, que parece que va a ser absorbido por un agujero negro que se abre debajo de mí. El vacío del hueco húmedo y frío de la taza del váter tira de mi cuerpo, me succiona la fuerza de la gravedad. Sentada aquí, abandonada por él, sin poder moverme, y sufriendo por el estado en el que está mi silla de ruedas, todavía pienso que tengo suerte de ser una mujer gorda, gorda, bien gorda. Si estuviera flaca me habría tragado la taza del váter hace ya rato y estaría chapoteando en la ponzoña para evitar ahogarme. Por suerte mis carnes se encajan en este contorno que succiona, que se ajusta a mi culo y me presiona como un anillo frío, pero no puede tragarme. Noto el efecto ventosa en las carnes del culo. Cuando él vuelva no sé si podrá sacarme de aquí o si el váter se me quedará encajado para siempre. Depende de lo que tarde. Estoy como adormilada, con el cuerpo anestesiado por la presión.

No sé cuánto tiempo llevo aquí. Postrada, cada vez más encajada y con las bragas bajadas hasta los tobillos. Sin que me las pueda subir, sin que pueda levantarme de este váter, sin que pueda moverme para socorrer a mi silla, que está ahí tirada en el suelo frío del pasillo, con las ruedas torcidas y sufriendo sola, callada para no asustarme más.

Se me va la cabeza, me da vueltas, noto mis sesos como si fueran masa de croquetas batida por una cuchara de palo, pienso cosas raras para olvidar el paso de tiempo. Olvidar el tiempo. No existe el tiempo. No pensar.

La observo con atención, a ver si logro percibir el más leve movimiento. Está como dormida y no me mira. No se mueve nada. Aunque quizás no esté dormida. No sé si respira. Igual lo que sucede es que mi silla está ya muerta. La pobre lleva muchos golpes encima y un golpe mal dado… pero no. No puede estar muerta. Prefiero pensar que está dormida, que está dolorida y se ha dormido. Porque si está muerta, si la ha matado, ¿qué pasará cuando aparezca él, qué sucederá cuando él vuelva?

No entiendo por qué me ha castigado. Qué quiere, ¿que me orine encima? Se me va la cabeza, me da vueltas, noto mis sesos como si fueran masa de croquetas batida por una cuchara de palo, pienso cosas raras para olvidar el paso de tiempo. Olvidar el tiempo. No existe el tiempo. No pensar.

No lo consigo. Los pensamientos raros saltan de detrás de los matojos de mi memoria como ratas rabiosas, y me atacan. Me traslado a esa tarde en la que comenzó a poner las cosas en alto y yo no llegaba a nada, no podía ni ponerme un té. Todo en alto y yo no alcanzaba. Él se reía como un chiquillo que disfruta en medio de una travesura. Y seguía colocando las cosas en alto. Y reía. Y me decía -ah, no pasa nada, cariño, no te enfades, ¡pídeme lo que necesites! ¡tu pide por esa boquita, mujer!-…y nunca me daba lo que necesitaba, porque nunca se lo pedía de una forma lo suficientemente correcta, según él. Me tuve que comprar un palo extensor, con abrazadera, que vi una noche -de imsomnio- en la teletienda. ¡Qué objeto más útil! Y durante unos días alcancé a coger las cosas, mis pinturas de ojos, mi crema de la cara y de las manos, el té de media tarde, el libro de Almudena que estaba leyendo, tan interesante…hasta que él descubrió mi palo extensor y lo colocó en el maletero del armario de la habitación. En el punto más elevado de la casa. No pude terminar el libro, me quedé colgada de una historia sin concluir, que recorre en bucle mi cabeza. La piel de la cara y la de las manos se me puso reseca, como la cáscara de una nuez. Y tenía que soportar, callada, sus crueldades -“estás muy áspera Julia, hija, a ver si te cuidas un poco, pídeme la crema, que yo te la doy”- y se echaba a reír y salía de casa sin bajar la crema de la balda superior del armario del baño.

Pierdo la noción del tiempo. No soy capaz de saber cuánto tiempo ha pasado desde que él se ha ido y me ha dejado aquí sentada en la taza del váter, castigada. Otro castigo más. ¿Por qué me ha castigado esta vez?

No puedo pensar más. No pensar. No pienses más Julia. Olvida. ¡Cierra de una vez el cuarto de las ratas!

Se me vuelve a ir la cabeza. Pierdo la noción del tiempo. No soy capaz de saber cuánto tiempo ha pasado desde que él se ha ido y me ha dejado aquí sentada en la taza del váter, castigada. Otro castigo más. ¿Por qué me ha castigado esta vez? Este horrible baño no tiene ventana. Solo el extractor de olores que zumba y zumba, como si hubiera miles de abejas encerradas y enfurecidas dentro de una colmena circular. Él lo ha dejado conectado, -“para evitar olores”- ha dicho. ¿Qué habrá querido decir con eso?

Me zumba el ruido en la cabeza y no me deja pensar. Mi cabeza espesa, con los sesos hechos masa de croquetas, una vuelta, dos vueltas, otra vuelta más con la cuchara de palo…

Si grito…¿me oirá alguien?… pero si él se entera de que me he puesto a gritar, me volverá a castigar…y si me vuelve a castigar… por algo así,… qué castigo se le ocurrirá…

Pero, ¿y si él no vuelve? ¿Y si me deja aquí, sentada para siempre en la taza del váter?, con este ruido loco de abejas enfurecidas… ¿Y si me deja aquí? ¿Qué pasará con mi silla de ruedas? ¡Se morirá, por falta de auxilio, o de inanición! Primero se quedará rígida, después se despanzurrará y empezará a oler mal, muy mal, como huelen los muertos cuando se pudren. ¿Y yo? ¿Cuánto aguantaré yo?, así, con la cabeza ladeada, que ya no puedo ni sostenerla… y con este frío, y las bragas en los tobillos, y mi cuerpo encajado aquí, en la taza del váter, ¡¿cuánto tiempo ha pasado ya?!, cuánto tiemp…

Carmen Barrios
Acerca de Carmen Barrios 16 Articles
Fotoperiodista.

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