La política francesa se españoliza

doble página de prensa
La prensa del corazón en campaña.

A un mes de la primera vuelta de las presidenciales francesas, asistimos a un espectáculo de opereta en forma de campaña electoral en la que los candidatos se lanzan los unos a los otros escándalos de corrupción a la cara, practicando una suerte de «sálvese quien pueda» presidencial que resultaría muy entretenido si de una serie de televisión se tratase.
El debate televisivo a 5 bandas emitido en la televisión francesa el pasado lunes 20 de marzo definió las líneas argumentales que han marcado la campaña electoral hasta el momento y confirmó lo que ya se intuía desde el surgimiento de los escándalos de la familia Fillon: Emmanuel Macron se frota las manos y juega a nadar y guardar la ropa mientras el resto de candidatos se dan codazos para adelantar por la derecha a Le Pen (lo cual resulta complicado) y aplican el mismo método fallido una y otra vez, evidentemente sin éxito.
Haremos un breve elenco de los protagonistas de esta comedia (por orden de aparición, según las encuestas), extendiéndonos un poco más en el candidato que −con bastante probabilidad− se convertirá en el próximo presidente de la República francesa.

Emmanuel Macron (En Marche!)

Emmanuel Macron fue clementino en el debate (de Javier Clemente). Conservador, moderado, sin meter la pata ni hacer incursiones-excursiones discursivas que pudieran utilizarse en su contra. Fue lógico y cabal en sus afirmaciones, lo cual no es difícil porque parece que no sólo la ciudadanía francesa o la prensa extranjera y nacional le dan por ganador, sino también sus propios competidores en esta campaña electoral. Macron se posiciona en primer lugar con unos resultados muy ajustados en la primera vuelta (26% de intención de voto para Macron y 25% para Le Pen), mientras que se desmarca en la segunda vuelta, con un 61,5% de los votos.

¿Quién es Emmanuel Macron?

El fundador y candidato del movimiento ¡En marcha! parece ser el niño bonito de la prensa nacional (se ha llegado a acuñar el término «macronitis») y extranjera, donde se suceden los panegíricos a su persona y, sobre todo, a la confianza que inyecta en los mercados. Esta imagen prístina contrasta con la idea que tienen de él en el gabinete de François Hollande, de quien fue consejero presidencial y quien le acusó de haber practicado la «traición metódica». Su estrategia política, junto con los escándalos que han empantanado la campaña de Fillon -antaño su rival directo- lo han posicionado en primera línea en la carrera hacia el Elíseo. Es importante que consolide su mayoría en las posteriores elecciones legislativas de junio de este año si quiere posicionar a su «movimiento» político, a priori alejado del bipartidismo francés, como una fuerza política real. Es muy posible que se vea obligado a recurrir a los cuadros del partido socialista para completar el queso gruyère que es su partido -fundado a imagen y semejanza de su persona- y así tener el peso específico en la Asamblea nacional que le permita gobernar.

Mientras que la derecha discursiva está completamente saturada, un vistazo al ala izquierda de la política francesa deja en el alma una impronta de soledad y vacío existencial que la aproxima a un triste y desolado patio de recreo en un día de verano. Un patio de recreo por el que Emmanuel Macron, que afirma no ser ni de derechas ni de izquierdas, se pasea a sus anchas.

Macron también es el candidato de la prensa rosa, en la que compite con Fillon y su castillo medieval. Emmanuel Macron, de 39 años, proyecta una imagen de hombre moderno casado con Brigitte Trogneux -una mujer 24 años mayor que él que fue su profesora en el instituto- y «joven abuelo» miembro de una familia extensa compuesta de hijos y nietos (que no son sus parientes biológicos, claro está, sino de un antiguo matrimonio de Brigitte Trogneux). La prensa del corazón y determinados sectores de la opinión pública no escatiman en comentarios acerca de su vida privada a los que estamos más acostumbradas las mujeres que los hombres. Inteligentemente, Macron utiliza en su favor su renuncia a la paternidad dando lugar a impresionantes puestas en escena como ésta.

¿Cuál es el balance de su etapa como ministro?

En paralelo a esta buena imagen en prensa, los resultados de su trabajo como ministro de Economía, Industria y Tecnología no son tan halagüeños: a una subida del paro durante su ministerio le hemos de sumar despidos masivos, el cierre de importantes empresas o la aprobación de la polémica «ley Macron», muy del agrado de la patronal francesa Medef. Macron ha intentado volcar su campaña electoral hacia la izquierda para ganarse el voto obrero y de los agricultores, quienes han caído en las garras electorales de Marine Le Pen.

Las piedras en el camino presidencial.

Habrá que ver el éxito de esta estrategia a la luz de los resultados electorales, pero de momento señalaremos que este candidato no es del gusto de muchos de los votantes con ingresos más bajos. En su visita al Salón de la Agricultura hace algunas semanas, tuvo el honor de que un agricultor le lanzara un huevo a la cabeza. Durante la campaña presidencial se ha intentado dañar su imagen con un supuesto tráfico de influencias en un viaje realizado a Estados Unidos durante su etapa como ministro, pero esta revelación ha tenido un impacto casi nulo en la prensa y en los sondeos electorales. También se le ha «acusado» de ser homosexual (si es que ser homosexual pudiera ser objeto de acusación), hecho desmentido jocosamente por el propio Macron.

Emmanuel Macron: ¿candidato del cambio o del re-cambio?

Las líneas maestras de su programa electoral son la modernización de Francia, la liberalización de las relaciones laborales, la apertura del país y la apuesta por Europa. Teniendo en cuenta sus actuaciones durante su etapa como ministro de François Hollande, intuimos que el punto del programa que menos tardará en aplicar será la flexibilización de los horarios laborales, proyecto argumentado con falacias del tipo «para un joven trabajar 35 horas semanales es poco», ya que un joven tendría energía y ganas de trabajar más tiempo, olvidando la existencia de las horas extraordinarias e ignorando, sobre todo, los crecientes problemas de precariedad y paro juvenil, que no alcanzan ni de lejos las cotas de España pero que han amargado la legislatura a François Hollande.

Marine Le Pen (Front National)

Marine Le Pen abrió el debate presidencial diciendo que quiere «salvar a las mujeres francesas del comunitarismo» -neovocablo para referirse al islam-, acabar con la inmigración -«la legal y la ilegal», llegó a afirmar- y sacar al país de Europa, institución de rostro ambiguo que sería culpable de que, entre otras muchas cosas, en Francia el paro esté subiendo tanto. En el debate de ese glorioso lunes pudimos ver, para nuestro estupor, cómo cinco personas blancas (cuatro hombres y una mujer) afirmaban que el velo islámico o el burkini son «un problema nacional», idea que a Marine Le Pen le agrada, y mucho. Mientras tanto, las más de 400 víctimas de pederastia -un escándalo que la Conferencia episcopal francesa está intentando minimizar- no parecen merecer una sola mención en el debate electoral. Con la Iglesia hemos topado.

¿Qué propone Marine Le Pen?

La candidata Le Pen, que lamentablemente parece una caricatura de sí misma, se posiciona en una ajustada segunda posición con respecto a Emmanuel Macron. Su estrategia electoral es simple: populismo, cierre de fronteras, victimismo, complotismo, antieuropeísmo, falso feminismo y rigor laicista que oculta una clara islamofobia. No abundaremos en lo peligroso que resulta aportar ideas simples a problemas complejos, y si no echemos un vistazo a los Estados Unidos.

¿Los escándalos de corrupción han afectado su campaña?

La carrera de la líder ultraderechista se ha visto salpicada por un escándalo de corrupción: Thierry Légier y Catherine Griset, dos colaboradores próximos de Le Pen, habrían percibido hasta 339.000 euros en concepto de salarios como asistentes «fantasmas» en el Parlamento europeo (lo cual no pareció molestar a su antieuropeísmo). El Frente Nacional tendrá que devolver esta cantidad, aunque Marine Le Pen ya ha anunciado su insumisión a esta decisión, argumentando que es «arbitraria y unilateral», de manera que se le practicarán retenciones en sus ingresos hasta que reembolse la cantidad establecida. De todos modos, este escándalo no parece haber tenido un impacto significativo en sus resultados en las encuestas.

En busca de la identidad perdida…

Una victoria de Marine Le Pen en las presidenciales supondría una catástrofe para un país que es esencialmente multicultural y al mismo tiempo profundamente nacionalista. En Francia las tensiones identitarias y raciales se viven a flor de piel y generan toda una miríada de violencias que comienzan con la segregación racial a través del precio de los alquileres y del coste de la vida y que culminan en un machismo apabullante, un abuso del debate acerca del velo (debate que se enmarca en la cuestión identitaria que atenaza a la Francia blanca y a la árabe), así como en controles callejeros aleatorios basados en características raciales o la violencia policial -con asesinatos como el de Adama Traoré o palizas como las que supusieron el escándalo de Théo en Aulnay-sous-Bois (municipio de la periferia norte de París)-. Nada invita a pensar que las tensiones raciales, de clase y de género se aliviarían con una presidencia de Marine Le Pen.

La candidata del Frente Nacional se ha dejado ver en reuniones con el círculo de Donald Trump y con el mismísimo Vladimir Putin, lo cual no ha gustado al resto de candidatos. Adjuntamos imagen de la propaganda electoral que la que esto suscribe recibió en su propia casa para que se hagan una idea del nivel de esta mujer que presume de haber parido «tres hijos en un año». Todo un ejemplo de eficacia.

Una victoria de Marine Le Pen en las presidenciales supondría una catástrofe para un país que es esencialmente multicultural y al mismo tiempo profundamente nacionalista. En Francia las tensiones identitarias y raciales se viven a flor de piel y generan toda una miríada de violencias que comienzan con la segregación racial a través del precio de los alquileres y del coste de la vida.

François Fillon (Les Républicains)

Por su parte, François Fillon abrió el debate televisivo del pasado 20 de marzo afirmando que los profesores no trabajan lo suficiente… Habría que preguntarle cuánto trabajan él, su mujer y sus hijos. El candidato que, gracias a una brillante campaña por las primarias en su partido Los Republicanos -dirigida por el infalible Patrick Stefanini-, tocó el cielo del Elíseo con las manos, se hunde hasta la tercera posición a causa de los escándalos de empleos ficticios de Penelope Fillon como colaboradora de La revue des deux mondes o el de asistentes parlamentarios de la señora Fillon y sus dos hijos, revelados por el semanario satírico Le Canard Enchaîné.

Los escándalos de la familia Fillon

La sucesión de acontecimientos -donde se incluye el escalonado abandono de las filas republicanas de sus más íntimos colaboradores, incluyendo a Stefanini, su jefe de campaña- ha supuesto todo un espectáculo digno de pedirse el mayor cubo de palomitas disponible en cualquier cine estadounidense y canturrear «the show must go on». En su indefendible defensa, François Fillon ha pasado por todos los estadios posibles: de decir que se trata de una campaña «misógina», a gritar a pleno pulmón en un recinto deportivo a rebosar de militantes republicanos «¡Penelope, te quiero!», mientras la ciudadanía francesa apenas conoce cuál es el timbre de voz de la susodicha, puesto que la tienen a buen recaudo no vaya a ser que cante o que meta la pata (o ambas).

Maldita hemeroteca…

Gracias a una investigación periodística la ciudadanía pudo escuchar a la señora Fillon en persona declarar que jamás ha trabajado para su marido. En pleno escándalo por el «Penelopegate» salió a la luz una entrevista realizada por Penelope Fillon (nacida en País de Gales) al Sunday Telegraph en 2007, en la que revela no haber trabajado jamás para su marido, mientras que dibuja una imagen de sí misma como una mujer de clase de alta «señora de» que asiste a cursos, seminarios y conferencias o acompaña a su marido en sus viajes de trabajo. Una cotidianidad muy alejada de la vorágine laboral de una asistente parlamentaria.

Tras difundirse este vídeo en los medios de comunicación franceses, François Fillon volcó su defensa en afirmar que la entrevista no constituía una fuente fiable por haberse mantenido «en inglés» -que es la lengua materna de su esposa-. El estupor ante estas afirmaciones es colosal.

¿De qué se alimentan los hijos de la pareja Fillon?

Poco después se desvelaron los empleos ficticios de sus retoños, quienes habrían hecho gala de una energía de superhéroe al compaginar un trabajo como asistentes parlamentarios con estudios universitarios de alto nivel y estancias profesionales en el extranjero. Ni Penelope Fillon ni sus hijos disponen de tarjeta de acceso a la Asamblea nacional, y apenas se tiene rastro de estas personas en agendas, despachos, reuniones, etc. Incluso la justicia está investigando la posibilidad de que las escasas pruebas encontradas en despachos oficiales sean falsas.

Los salarios percibidos por Penelope Fillon ascenderían a 900.000 euros, los de sus hijos Charles y Marie, a 85.000 euros. Además, al parecer los salarios percibidos por sus hijos habrían sido transferidos a una cuenta de su padre. Si a esto le sumamos el escándalo de los trajes que habría recibido François Fillon como regalo de un «amigo generoso» y por un valor total de casi 50.000 euros desde 2012 (trajes que habrían sido devueltos con posterioridad a la revelación en prensa), o la investigación por desvío de fondos de su más íntimo colaborador, Marc Joulaud, imaginamos que Fillon lo tiene difícil en su carrera por el pijama presidencial.

Los fundamentos de la defensa de François Fillon

A pesar de haber declarado que dimitiría si la justicia lo investigaba (antigua «imputación» en neolengua hispánica), a día de hoy sigue sin hacerlo, mientras basa su defensa en una supuesta politización de la justicia francesa y en la existencia de un «gabinete en las sombras», próximo al presidente Hollande, que estaría amargándole la campaña y la existencia. Ni que decir tiene que tanto los sindicatos de jueces como Hollande le han mandado a freír espárragos.

Los votantes fieles a Fillon

Aun así, Fillon mantiene su feudo de adeptos: gente de clase alta, conservadora en sus costumbres -Fillon se opone al matrimonio homosexual y su postura ante el aborto es, cuanto menos, ambigua- que considera que «un político tiene que ir bien vestido» (en alusión a sus trajes) o que «su castillo no es tan caro» (si tenemos en cuenta que un apartamento de 70m2 en París puede costar alrededor de 700.000 euros, esta afirmación no es del todo banal).

Nota de sociedad: parece ser que Fillon y su mujer no conviven, aunque no están separados ni divorciados legalmente. Penelope Fillon viviría en el supra citado castillo, mientras que el candidato de la derecha francesa viviría en el centro de París con otra persona. En resumidas cuentas, la ciudadanía francesa estaría financiando una carísima pensión de divorcio a Penelope Fillon, a través de estos salarios percibidos por un empleo ficticio como asistente parlamentaria. Fuente del rumor: los mentideros parisinos.

Le Pen y Fillon no están solos: la dimisión del ministro del Interior

Los empleos ficticios parecen ser una constante entre la clase política francesa, puesto que el ex ministro del Interior, Bruno Le Roux, dimitió recientemente ante la revelación de que sus hijas habían disfrutado de hasta 24 contratos temporales por los que habrían percibido un total de 55.000 euros. Todo ello, mientras sus hijas eran estudiantes de instituto (y por lo tanto menores de edad y sin una formación específica), posteriormente estudiantes universitarias o mientras realizaban prácticas profesionales en el extranjero… A diferencia de Fillon, Le Roux sí dimitió inmediatamente. Basta saber cuándo va a devolver el dinero. Y, personalmente, quiero saber qué comen estos hijos de ministros, porque quiero tener la misma energía -y el mismo salario-.

Benoît Hamon (Parti socialiste)

A Benoît Hamon lo situamos en cuarta posición, a pesar de que varias encuestas publicadas después del debate televisivo lo colocan en quinto lugar. Su campaña ha sido penosa, inconsistente y más propia de un amateur que da palos de ciego que del candidato del actual partido en el trono.

¿Qué propone Benoît Hamon?

Su victoria en las primarias de su partido fue una sorpresa (se esperaba a Manuel Valls), y al principio despertó cierta esperanza por ser el candidato más izquierdista de su partido. Propone una descafeinada e inconsistente renta básica universal y poco más. Carisma nulo, dubitaciones y deserciones en su campo: varios miembros del gabinete de Hollande y compañeros de partido de Benoît Hamon ya han declarado públicamente que abandonan el barco y que apoyarán a Emmanuel Macron en las presidenciales. Ni que decir tiene que el candidato socialista no se ha tomado muy bien estas deserciones.

Benoît Hamon se sitúa en cuarta posición, a pesar de que varias encuestas publicadas después del debate televisivo lo colocan en quinto lugar. Su campaña ha sido penosa, inconsistente y más propia de un amateur que da palos de ciego que del candidato del actual partido en el trono.

Una no puede evitar preguntarse quién se beneficia de la mediocridad del candidato socialista a las presidenciales: su debilidad puede reforzar el liderazgo natural de Manuel Valls, experimentado ministro que tiene poco de socialista en el sentido primigenio del término -de hecho, en su día abogó por cambiarle el nombre al partido, aduciendo que el término «socialista» estaba pasado de moda- y que podría regresar cual hijo pródigo o Fénix renacido de sus cenizas para salvar al partido de la destrucción total. De momento, el estratega Manuel Valls ya ha declarado públicamente que no apoyará al candidato de su partido en las presidenciales. Tal vez ésta sea la clave que articulará al movimiento ¡En marcha! en la Asamblea nacional: Valls y los otros disidentes del Partido socialista podrían ser la harina que haga que Macron consiga cocinar una salsa consistente en la Asamblea nacional.

Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise)

Por último -aunque finalmente puede que concluya en cuarta posición- tenemos al indefinible Jean-Luc Mélenchon, el candidato de «La Francia insumisa», movimiento ciudadano creado para impulsar la campaña a las presidenciales de Jean-Luc Mélenchon, miembro fundador del Partido de Izquierda. Como expresó un amigo con una elocuente tautología, «Mélenchon es… Mélenchon». Este candidato, que se presenta a las elecciones una y otra vez, parece un señor mayor que opina de cosas. Tal vez no lo parece, sino que lo es. Una tiene la sensación de que las cosas que dice se las inventa en el instante, aunque puede que sea más un efecto buscado que un alarde de espontaneidad -rasgo que no caracteriza precisamente al carácter francés-.

¿Qué propone La Francia insumisa?

Mélenchon fundamenta su programa en la construcción de la VI República, por considerar que el actual modelo, considerado jocosamente por algunos una «república monárquica» -muy marcada por la «hiperpresidencia» de Sarkozy y por el recurso abusivo al artículo 49.3, una suerte de «artículo 33» en román paladino- estaría agotado. Para ello, propone 7 ejes programáticos. El lenguaje es simple y las nubes de palabras de la izquierda del documento facilitan la tarea. Dejo a quien lea estas líneas que saque sus propias conclusiones con ayuda del traductor de Google si es preciso.

La sorprendente campaña de Jean-Luc Mélenchon

Su apuesta por la tecnología pasa por la organización de un mitin simultáneo en Lyon y Paris: en Lyon estaba presente y en París apareció en holograma proyectado en plena calle. Lo de apostar por una baratísima retransmisión en streaming y proponer ideas consistentes parece ser que no se le pasó por la cabeza. También ha tenido la originalidad de crear un canal en YouTube en el que hace más daño que bien a su propia campaña. No sabemos si lo intenta pero no puede, o si directamente no sabe hacerlo mejor.

El espectro ideológico francés

Mientras que la derecha discursiva está completamente saturada, un vistazo al ala izquierda de la política francesa deja en el alma una impronta de soledad y vacío existencial que la aproxima a un triste y desolado patio de recreo en un día de verano. Un patio de recreo por el que Emmanuel Macron, que afirma no ser ni de derechas ni de izquierdas, se pasea a sus anchas.

Es una pena, en un país al que la izquierda española se mira con ojos admirativos. Creedme: no es para tanto. Aquí los políticos hablan indudablemente mejor (excepto Mélenchon) y se dimite un poquito más. También la mayoría de los que compiten por el Elíseo siguen una dura formación bastante elitista. Aquí estamos lejos de José Blanco, que tras cesar de Ministro de Fomento afirmó -para sorpresa del contribuyente medio- que iba a dedicar su tiempo a estudiar administración de empresas y aprender inglés. No tener conocimientos en ninguna de estas dos materias no parece haber sido óbice para ocupar un puesto de eurodiputado.

Francia es un país muy nacionalista con una juventud cada vez menos politizada a la cual hace mucho daño el calculado y evidentemente perseguido tono grisáceo de esta campaña presidencial carente de energía. Todo ello en un clima de miedo al terrorismo que impide pensar con claridad. Yo, por mi parte, voy a ir preparando las maletas por si viene Marine Le Pen a salvarme de cosas que no están bien definidas pero que son demagógicamente funcionales. De momento, veremos qué pasa en los próximos 23 de abril y 7 de mayo y que la Francia disfrute lo votado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sara Álvarez Pérez
Acerca de Sara Álvarez Pérez 4 Articles
Profesora de español en París

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