La “trama” en el tiempo histórico

muro roto
Muro rasgado. Foto: Carmen Barrios

Salen en estos días en los medios españoles noticias encadenadas sobre financiación ilegal, desvío de fondos públicos, contactos sospechosos entre personajes de la esfera financiero-empresarial y la política, así como las reacciones al respecto. Crece la indignación entre una parte de la población e incluso los dirigentes de un partido político que no hace falta nombrar han tratado de definir la totalidad de la situación con un concepto, “trama”.

Desde el punto de vista de un ciudadano de a pie, las noticias son, ciertamente, motivo de preocupación, cuando no de indignación abierta. Desde la óptica del observador de las dinámicas sociales, sin embargo, lo que está teniendo lugar es, en algún modo, fascinante, pues va más allá de lo que el término trama describe. Lo que ahora mismo se puede observar es la colisión entre dos formas cuasi antitéticas de entender y practicar la sociedad y las relaciones sociales y cómo una de ellas empieza a ganar terreno y lentamente desalojar a la otra de las instituciones, señal de que la debe estar empezando a desalojar también de las mentes de cada vez más observadores y participantes situados en distintos niveles de pasividad.

Expuesto en términos menos crípticos, la concepción de la sociedad española como una sociedad democrática contemporánea, basada en individuos iguales en derechos y obligaciones y que debieran como mínimo tener las mismas oportunidades en todos los ámbitos de la vida, empieza a imponerse lentamente a la práctica (y seguramente a la concepción que seguía existiendo oculta) de esa misma sociedad como una inmensa red de intereses, favores y contactos, en suma, de relaciones clientelares con un variable grado de jerarquización.

La práctica social de la modernidad democrática, que hasta ahora era en España discurso hegemónico pero no práctica hegemónica, está tratando de derribar a la práctica clientelar, que es premoderna, eso que se ha llamado “trama”.

La práctica social de la modernidad democrática, que hasta ahora era en España discurso hegemónico pero no práctica hegemónica, está tratando de derribar a la práctica clientelar, que es premoderna, eso que se ha llamado “trama” y que ha demostrado ser tremendamente flexible, al haber logrado colonizar buena parte de los espacios político-institucionales y parte de los económico-financieros. Los integrantes de la “trama” no han hecho sino continuar reproduciendo comportamientos observables en todas, o casi todas, las sociedades europeas desde al menos el siglo XVI hasta hace -grosso modo- cosa de cien años.

Nueva sociedad

El triunfo definitivo del industrialismo y, con él, la aparición de una nueva sociedad, en la cual las formas clientelares no funcionaban, quebró, limitó y arrinconó en mayor o menor medida, con sudor, esfuerzo (y, las más de las veces, violencia) las comentadas dinámicas de “compadreo” -por decirlo a la ligera-. En España, en cambio, estas prácticas premodernas se mantuvieron a lo largo de la mayor parte del SXX y, si a partir de 1978 les llegó su fin en el campo del discurso público, ahora parece que les pudiera estar llegando su fin en el campo de las prácticas sociales. Repartirse el patrimonio público, utilizarlo para fines propios, emplear las instituciones públicas con ese mismo fin, legislar de manera que intereses de grupos muy concretos, a los cuales se pertenece o se pasa poco después a formar parte, salgan claramente beneficiados, ir en la práctica en contra del discurso sobre competitividad capitalista que los practicantes del clientelismo dicen defender y practicar, bloqueando la competitividad hasta asegurar la preeminencia de unos grupos sobre otros (el llamado “capitalismo de amiguetes”), todo eso no son prácticas nuevas. Todo lo contrario, son una dinámica que hunde sus raíces en el pasado de siglos y que, además de ser increíblemente estable y plástica, aseguraba la preeminencia de ciertos grupos sobre el resto. A lo que estamos asistiendo ahora es al desafío de la sociedad civil moderna y democrática, que sólo puede funcionar bajo otras dinámicas muy distintas, a estas prácticas y a los que las corporeizan y han tratado de hacerlas, de facto, la norma a seguir. Hay mucho que hacer y mucho que trabajar en muchos campos para que el conjunto de la población pueda superar de verdad la crisis y sus devastadores efectos, pero algo es seguro, acabar con estas dinámicas propias de otros tiempos es un paso cualitativo adelante de unas proporciones poco imaginables.

Enrique Corredera Nilsson
Acerca de Enrique Corredera Nilsson 9 Articles
Historiador. Del Mediterráneo al Báltico, Europa es mi casa. Por vocación me dedico a analizar el pasado, pero lo que más me gusta es pensar el futuro para construir el presente. De momento lo hago a medio camino entre una y otra mar, a la orilla de un tercero, el de Suabia”

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