A los pies de la Alhambra, y con dinero del Papa, se forjó el viaje al Nuevo Mundo

Las carabelas
Carabela

La rendición de la Alhambra

Las noches eran frías a los pies de la Alhambra donde la ciudad-campamento de Santa Fe se extendía sobre la vega granadina. Más de sesenta y cinco mil soldados cristianos aguardaban, al calor de las hogueras, la rendición de la hermosa ciudad que había sido la capital de los sultanes nazaríes. Hacía poco más de doscientos años que Mohamed ben Al-Hamar (1238-1273), el primer monarca nazarí, decidió reconstruir las dispersas ruinas que poblaban aquella colina, llamada de la Sabika, que daba la espalda a Sierra Nevada, creando uno de los complejos palaciegos más relevantes de nuestra Historia.  En torno a la Alhambra, una fortaleza preñada de palacios de una belleza fascinante, se han tejido innumerables historias en la que se han entremezclado las leyendas y los hechos históricos.

Finalmente el 25 diciembre de 1491 la Alhambra se rindió sin lucha, los Reyes Católicos y los dos alcaides granadinos que representaban al rey Boabdil de Granada firmaron las Capitulaciones que sometían la ciudad a las tropas de Fernando e Isabel.  El 2 de enero el propio Boabdil entregó las llaves de la ciudad y salió hacía el exilio.

En las Capitulaciones de Granada se garantizaban importantes derechos para los habitantes musulmanes de la ciudad, incluidos el de poder seguir manteniendo su religión, costumbres y leyes. Sin embargo, tan solo siete años después los Reyes Católicos incumplieron su palabra y, bajo el gobierno de la ciudad por el cardenal Cisneros, se inició un inexorable proceso de sometimiento y humillación de sus súbditos musulmanes. El incumplimiento de lo pactado hizo que prendiera una rebelión en el Albaicin, lo que acentuó la violencia de la represión. El 23 de febrero de 1502 se cometió uno de los actos más execrables por parte de las autoridades cristianas: en la plaza de Bib El-Rambla se organizó una enorme hoguera en la que se quemaron todos los libros en árabe que se encontraron en la ciudad, salvo los de medicina. El cardenal Cisneros redujo a cenizas una parte muy importante de la memoria de los últimos setecientos años de los habitantes de la península. Las mezquitas fueron convertidas en iglesias, los hammames cerrados y las festividades islámicas prohibidas.

El reino nazarí de Granada, bajo la protección de la impresionante cordillera penibética, se extendió durante más de dos siglos por un amplio territorio que iba desde el Campo de Gibraltar hasta Murcia. Su costa estaba situada en el centro de la ruta comercial que conectaba a Génova, y a otras importantes repúblicas marítimas italianas, con Flandes e Inglaterra. También era el camino más directo para llegar a Ceuta y Argel, las ciudades donde arribaban las caravanas que atravesaban el Magreb, trayendo oro y esclavos. Esta incesante actividad comercial enriqueció, durante décadas, al último reino musulmán de la península.

Las enormes montañas que protegían a Granada dificultaron enormemente la campaña militar de las tropas cristianas, la ofensiva se desarrolló durante una década, desde 1482 hasta 1492. Avanzar en un terreno tan abrupto, donde se emplazaban numerosos bastiones musulmanes que hasta entonces estaban considerados como inexpugnables, no fue posible hasta que se generalizó el uso de la artillería. Se utilizaron cerca de doscientas piezas de artillería, lombardas que pesaban de tres mil a seis mil kilos, y que disparaban proyectiles de hasta doscientos kilos a distancias superiores a un kilómetro.

No obstante, la caída del Reino de Granada no hubiera sido posible sin las propias divisiones vividas en el seno de la alta sociedad nazarí. Los innumerables conflictos militares que desangraron a los señores feudales musulmanes durante los últimos años del reinado de Muley Hacem, el sultán que da nombre al pico más alto de Sierra Nevada, ponen en evidencia las profundas fracturas al reino de Granada.

El propio Muley Hacem había sido quien ordenó, en uno de los salones más hermosos de la Alhambra, el degüello de treinta y seis miembros de una de las familias más poderosas de Granada, los Banu Sarra, conocidos popularmente como Abencerrajes. Aunque la Historia y la leyenda no se ponen de acuerdo en determinar la fecha exacta, ya que entre 1462 y 1482 se produjeron tres masacres de nobles nazaríes.

Muley Hacem abandonó el trono de Granada en 1482, ante la rebelión que encabezó en Guadix su propio hijo, Boabdil, apoyado por la familia de los Abencerrajes. Entre 1482 y 1486 los ejércitos de la aristocracia nazarí se enfrentaron entre si, y también tuvieron que defenderse de las ofensivas de primavera de las tropas de Fernando El Católico, que en 1482 tomaron Alhama de Granada, en 1483 Zahara y Tajara, en 1485 Ronda y en 1486 Loja.

Mulah Hacem, después de ser expulsado de Granada, siguió combatiendo a los cristianos desde Málaga, con la ayuda de su hermano “El Zagal”, pero también a su propio hijo. En 1485 murió el viejo sultán depuesto y ese mismo año, en la batalla de Lucena, Boabdil fue hecho prisionero por las tropas castellanas, por lo que “El Zagal” fue entronizado cómo nuevo sultán.

La liberación de Boabdil por parte de los Reyes Católicos, después de un controvertido juramento de vasallaje, intensificó la guerra civil en el bando musulmán y permitió la rápida caía de la ciudad de Baza. “El Zagal” cedió el trono de la Alhambra a su sobrino a cambio de mantener su gobierno sobre Málaga, Almería y Guadix. En 1487, tras la rendición de la ciudad de Málaga a las tropas castellanas, “El Zagal” se declaró vasallo de los Reyes Católicos y les entregó las otras dos importantes ciudades que estaban bajo su gobierno. Solo quedaba Granada, la joya más preciada.

Los misteriosos dineros del primer viaje de Colón

El campamento de Santa Fe apenas se había empezado a desmantelar cuando los Reyes Católicos recibieron allí mismo a un visionario marino genovés, Cristóbal Colón, que llevaba más de diez años solicitando dinero y un puerto desde el que fletar unos pocos barcos para atravesar el Océano Atlántico  y llegar hasta Cipango (Japón) y Catay (China). Sus esfuerzos para encontrar financiación para su arriesgado proyecto no se habían limitado al Reino de Castilla. Su hermano Bartolomé, que pudo haber navegado con el portugués Bartolomé Diaz hasta el cabo de Buena Esperanza (en la actual Sudáfrica), había trabajado durante décadas como cartógrafo a las órdenes del rey Juan II de Portugal, y también había visitado, por indicación de su hermano, las Cortes de los reyes de Francia e Inglaterra.

El mismo Cristóbal se había establecido en Portugal, en 1479 se casó con una noble portuguesa de baja alcurnia y vivió varios años en Porto Santo, isla inhóspita perteneciente al archipiélago de Madeira. Parece ser que durante esos años participó en varias expediciones comerciales que pudieron haber llegado desde Guinea hasta Inglaterra e Irlanda, algunos historiadores dicen que incluso hasta Islandia. El cercano contacto de Colón con los navegantes y comerciantes portugueses y flamencos que hacían la ruta Norte-Sur por el Atlántico pudo facilitar que llegará hasta sus oídos la fascinante historia de Abubakari II, mansa (emperador) de Mali que bajó por el río Senegal al mando de dos mil embarcaciones, para su construcción había pedido asesoramiento a los gobernantes mamelucos de Egipto, y se internó en el Atlántico en el siglo XIV

El propio Colón relata que en un puerto del oeste de Irlanda, posiblemente Galway, vio a “un hombre y a una mujer que habían llegado de Catay por el oeste”. Lo más probable es que fueran inuits groenlandeses, esquimales, capturados como esclavos. Bristol, que era el principal puerto ingles que miraba hacía el Atlántico, es desde donde, siete años después del primer viaje de Colón, partió la expedición de otro marino genovés, Giovanni Caboto, que fue el primer europeo (sin contar a los vikingos comandados por Leif Eriksson) que arribó al continente americano, en algún lugar cercano a Terranova.

Uno de los mayores misterios que han acompañado siempre al primer viaje de Colón ha sido su financiación. La leyenda de las joyas de la reina es falsa, ya que estas estaban empeñadas en Valencia como garantía para un préstamo utilizado en financiar la conquista de Granada.

Uno de los mayores misterios que han acompañado siempre al primer viaje de Colón ha sido su financiación. La leyenda de las joyas de la reina es falsa, ya que estas estaban empeñadas en Valencia como garantía para un préstamo utilizado en financiar la conquista de Granada. Si que es bien conocido que parte de la financiación de viaje correspondió a la villa de Palos, ya que este puerto onubense tenía una importante deuda con el Tesoro Real que pagó con los costes de pertrechar las naves, dos carabelas y una nao. Seis meses tardaron los hermanos Pinzón, afamados marinos y comerciantes de Palos, en reclutar la tripulación. Finalmente 26 hombres subieron a bordo de la Pinta, 22 a la Niña y 39 a la Santa María. Uno de los tripulantes era Juan de la Cosa, el que más tarde fuera el primer cartógrafo conocido de América, aunque posiblemente su función en la expedición era más compleja ya que fue una persona que gozó de la estrecha confianza de los Reyes Católicos, por lo que participó en todos y cada uno de los siete primeros viajes realizados a América desde Castilla.

Sin embargo, recientes investigaciones[1] apuntan a que una parte sustancial de los dineros requeridos para la expedición pudieron ser obtenidos mediante gestiones en las que intervino el propio Papa.

En el Archivo de Simancas (Contaduría General, núm. 118) se conserva el libro de cuentas de García Martínez y Pedro de Montemayor, que trata de las distribuciones de los ingresos por las bulas de la Cruzada del obispado de Plasencia, obtenidas en el año 1484, en él se dice: “los ciento quarenta mill restantes (maravedies) para pagar al dicho escribano de ración en quenta de otro tanto que presto para la paga de las tres carabelas que sus Altezas mandaron yr de armada a las yndias, e para el pago de christoval colon que va en la dicha armada, e mostro carta de pago del dicho alonso de angulo“. El obispo de Plasencia, desde 1470, era Rodrigo de Ávila.

Recientes investigaciones apuntan a que una parte sustancial de los dineros requeridos para la expedición de Colón a América pudieron ser obtenidos mediante gestiones en las que intervino el propio Papa

Aunque durante su reinado los Reyes Católicos intentaron tener un control cada vez mayor del nombramiento de los obispos, esta siempre ha sido una prerrogativa del Papa. Es algo más que posible que el pago de este dinero por parte del obispado de Plasencia a Colón, que obtenido de la recaudación de las bulas de la Cruzada, fuera conocido y aprobado por el Papa Inocencio VIII. Asimismo, hay que recordar que en la Ciudad del Vaticano se puede leer una misteriosa inscripción en la tumba de este Papa, también de origen genovés, que dice: “Novi orbis suo aevo inventi gloria”. Esto es: “suya es la gloria del descubrimiento del nuevo mundo”.

No parece muy difícil de creer que este Papa genovés, muerto ocho días antes de que Colón se adentrara en el ignoto océano, tuviera un amplio conocimiento de la cartografía vaticana, en la que estaba incluido el misterioso mapa de Martellus de 1489, aquel que contiene la Cola del Dragón, una tercera península del continente asiático en la cual se pueden identificar todos los ríos de Sudamérica.

No obstante, la conexión italiana en la financiación del primer viaje de Colón no queda limitada al Papado. Uno de los comerciantes genoveses que más dinero aportó a la incierta expedición propuesta por Colón fue Giovanni Berardi, representante de los intereses de la casa de los Medici en Sevilla, y a cuyo servicio entró, en 1491, otro importante personaje en los viajes a America, quién le dio nombre al nuevo continente: Americo Vespucci. Este aventurero florentino había sido quien puso en contacto, unos años antes, a Berardi con Lorenzo di Pierfrancesco di Medici, primo de Lorenzo el Magnífico.

Parece evidente que, ante la amenaza militar y los enormes riesgos comerciales que suponía el avance turco en el Mediterráneo Oriental, importantes magnates florentinos, y el propio Papado, buscaron posicionarse en las rutas comerciales que conectaban el Mediterráneo con el Atlántico.

Los hermanos Berardi también tuvieron una sucursal en Lisboa desde 1486, ya que se dedicaban al provechoso comercio de esclavos con Elmina, la posesión portuguesa del Golfo de Guinea, y de orchilla con las Islas Canarias. Por lo que no parece muy aventurado considerar que la relación de Colón con los Berardi, y por tanto con los Medici, se desarrolló durante un largo periodo de tiempo. Por cierto, un Berardi también había sido un importante cardenal unas pocas décadas antes.

Un Mar Tenebroso bastante navegado.

Conviene recordar que antes que Colón otros genoveses ya habían surcado con éxito el Atlántico, Mar Tenebroso se le llamaba. El genovés Antonio di Noli, que fue el descubridor del archipiélago de Cabo Verde en 1462, puso esas tierras bajo la Corona de Portugal. En agradecimiento el rey Alfonso V le nombró gobernador de esas islas y permitió que su hija heredara el cargo. La lectura del contenido de las Capitulaciones de Santa Fe permiten encontrar muchas similitudes con los derechos acordados, treinta años antes, por el gobernador genovés de Cabo Verde y el rey portugués.

Resulta curioso que Colón fuese incapaz de convencer, en 1484, al rey portugués de sus planes para alcanzar Catay atravesando el Atlántico. Aunque parece ser que el astuto rey Juan II, después de oír la propuesta de Colón autorizó una expedición con dos carabelas para que navegaran cuarenta días más allá de las Azores, capitaneadas por el flamenco Ferdinand van Olmen (Fernam Dulmo en portugues) y Juan Alfonso do Estreito con el objeto de descubrir y conquistar la isla de las Siete Ciudades[2]. En esa ruta del Atlántico Norte se encontraron de frente con los alisios del Norte que soplan con gran fuerza de Oeste a Este, lo que hizo que, cuando se les fueron agotando las provisiones, terminaran desistiendo de su empresa.

Asimismo parece ser que Martin Benhaim, el cosmógrafo, navegante y comerciante alemán que construyó el primer globo terráqueo que todavía se conserva, también vivió durante esos años en la corte de Lisboa y también se casó con una noble portuguesa. Según el amplio conocimiento cosmográfico y cartográfico acumulado hasta entonces en Portugal para llegar hasta Catay se requería una navegación de tres meses, algo imposible de afrontar con la tecnología náutica de la época. Se desconocía la existencia del continente americano y aunque se intuía la existencia de numerosas islas no eran capaces de situarlas correctamente en las cartas de navegación de la época. Circunnavegar África parecía una ruta mucho más segura para llegar a la corte del Gran Khan.

En relación con los años portugueses de Colón existe todo un debate sobre la autenticidad de la correspondencia supuestamente mantenida entre el marino genovés y Paolo Toscanelli, el cosmógrafo florentino más importante de la época. Parece que Colón pudo haber copiado la que carta de Toscanelli envió a Alfonso V y ese fue el papel que mostró a la corte castellana. Una corte, todo hay que decirlo, en la que los conocimientos geográficos y cosmográficos de sus “sabios” eran mucho más endebles que los de sus contemporáneos portugueses. Conviene recordar que ya en 1431 Enrique el Navegante había enviado a un capitán donatario, Gonzalo Vielho Cabral, para que tomará posesión de las avistadas islas de las Azores.

En sus conversaciones con la Junta de Cosmógrafos de Juan II es muy posible que Colón se hubiera guardado un as en la manga, no transmitiendo sus conocimientos sobre los alisios del Sur, que son los que soplan de Este a Oeste y permiten una navegación rápida y tranquila, tres semanas, hasta el Caribe. Este profundo conocimiento de los vientos dominantes en el Atlántico Sur posiblemente Colón lo adquirió durante los años que vivió en Porto Santo, y en la documentación de su suegro a la que tuvo acceso, el archipiélago de Madeira está mucho más cerca de Canarias que las Azores. Posteriormente le pudo ser corroborado en las tabernas de viejos marinos de las costas de Huelva que frecuentó cuando huyó de Portugal.

En sus conversaciones con la Junta de Cosmógrafos de Juan II es muy posible que Colón se hubiera guardado un as en la manga, no transmitiendo sus conocimientos sobre los alisios del Sur, que son los que soplan de Este a Oeste y permiten una navegación rápida y tranquila, tres semanas, hasta el Caribe

También merece la pena recordar que antes de dirigirse a los Reyes Católicos Colón contó su proyecto a Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, los dominios de Huelva le pertenecían, y a Luis La Cerda, duque de Medinaceli. Al primero no le interesó, Enrique de Guzmán era una especie de virrey que ejercía su poder absoluto sobre los territorios del antiguo reino musulmán de Niebla, y que estaba enfrentado a los Reyes Católicos. Mientras que Luis de La Cerda acogió a Colón durante un largo tiempo, posiblemente en El Puerto de Santa María, y le patrocinó ya que fue le puso en contacto con la corte Isabel de Castilla. En ese momento le dijeron al marino genovés que esperara hasta la caída de Granada. Por cierto, Alonso de Hojeda, el primer español al que se le concedió, en 1499, una licencia para “descubrir islas y tierra firme a la parte de las Yndias”, fue un criado del Duque de Medinaceli, y el piloto de está expedición fue el ubicuo espía Juan de la Cosa.

También merece la pena resaltar que en las Capitulaciones de Santa Fe los Reyes Católicos dicen que le conceden “las cosas suplicadas” en primer lugar por “lo que ha descubierto” en el Atlántico, pudo ser una mera fanfarronada del genovés pero ha dado lugar a todo tipo de conjeturas sobre algún viaje previo al de 1492.

A finales del siglo XV, una vez concluida la guerra contra el reino nazarí de Granada, el reino de Castilla tenía enormes potencialidades: dominaba un amplio espacio geográfico con una extensa costa, tenía unas ciudades y villas con una pujante actividad comercial y artesanal, y una monarquía con una de las estructuras institucionales más modernas de la época. Si a eso le añadimos el descubrimiento de un Nuevo Mundo poblado por civilizaciones tan avanzadas como la maya, la azteca o la inca (aunque sin hierro para fabricar armas) tenemos la base de un Imperio que duró tres siglos.

[1] http://www.periodistadigital.com/panorama-extremadura/cultura/2016/01/07/el-primer-viaje-a-america-se-financio-con-dinero-extremeno.shtml

[2] La isla de las siete Ciudades, o Antilia, es una mítica isla que quedaría en algún lugar indeterminado del océano Atlántico. Pudiera ser alguna isla caribeña que fuera conocida en navegaciones anteriores que fueron incapaces de determinar su posición geográfica. Algunos historiadores la identifican con Puerto Rico.

 

Bruno Estrada
Acerca de Bruno Estrada 30 Articles
Economista. Adjunto al Secretario General de CCOO. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y del Consejo Internacional de Economía de PODEMOS.

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