Los rostros de los muertos

Los parisinos rinden homenaje a los asesinados

El 13 de noviembre tuvo lugar en París uno de los mayores atentados terroristas de la historia reciente de Francia. Según cifras proporcionadas por la prensa, menos de 24 horas después de los hechos contamos al menos 129 muertos y 180 heridos, 80 de los cuales en estado crítico. Los atentados se concentraron en dos puntos neurálgicos de la capital: el Stade de France, en el transcurso de un partido amistoso entre Francia y Alemania, y el distrito 11, una de las zonas de marcha más frecuentadas de París. En el exterior del Stade de France tuvieron lugar tres detonaciones, realizadas por sendos kamikazes. François Hollande fue evacuado del estadio en helicóptero antes de que terminara el partido, el cual no fue anulado. El resto de las víctimas encontraron la muerte mientras tomaban unas cervezas en las numerosas terrazas de los alrededores de la sala El Bataclan o asistían en su interior al concierto de Eagles of Death Metal, que tenía lugar en esta conocida sala de conciertos situada en el distrito 11. Según los supervivientes, un grupo de hombres descendió de un coche y comenzó a disparar a bocajarro contra las personas que estaban sentadas en las terrazas de los restaurantes La Belle Équipe, Le Carillon y Le Petit Cambodge, para a continuación entrar en la sala de conciertos y matar a todo el que se movía, literalmente. Según relatan los supervivientes del interior de Le Bataclan, quienes no habían recibido un balazo optaron por echarse al suelo haciéndose el muerto, para después reptar como podían hasta zonas más seguras. Hubo quien salió de la sala descolgándose por las ventanas del segundo piso, o saliendo por el tejado. Un periodista de Le Monde que vive frente a una de las salidas de emergencia presenció desde su balcón la evacuación: las personas supervivientes salían despavoridas de la sala de conciertos entre los balazos que seguían lloviendo desde interior del mismo, dirigidos contra las personas que corrían por las aceras. Este periodista bajó a la calle a ayudar a las víctimas y se llevó un disparo en el brazo. De los 4 terroristas de El Bataclan se inmolaron 3, al detonar el cinturón de explosivos que llevaban puesto. Al cuarto lo mataron las fuerzas del orden. El saldo del ataque en el interior de Le Bataclan es de 82 muertos. El consejo de ministros decretó el viernes por la noche el estado de emergencia, para hacer frente a la situación, en una ciudad de París sumida en el caos.

¿Y cómo puede afrontar y analizar la situación el «peatón de la historia»?

El relato a pie de calle es el de una ciudad que contiene la respiración. París, con su belleza deslumbrante, a veces cegadora, es una capital cuyos monumentos, restaurantes, museos, salas de conciertos, teatros, espectáculos, librerías, cafés, parecen girar en perfecta armonía con su entorno y operar una danza acompasadamente perfecta, preconcebida para agradar al turista ocasional, o al parisino que se lo puede permitir. París siempre es una fiesta, cualquier viernes por la noche, haga frío o calor, las colas proliferan para entrar a cualquier espectáculo, y habitualmente hay que pelear para obtener una minúscula mesa en el restaurante de moda. Y en cada calle hay uno. El viernes 13 de noviembre no fue menos: el enjambre habitual de parisinos y extranjeros se disponía a disfrutar de una soirée más en una ciudad en la que la noche le resulta áspera a la noctámbula madrileña que soy, pero que no deja de tener su encanto. Hasta que se sembró el terror y las calles se llenaron de sangre, hasta que comenzamos a aguantar la respiración mientras las llamadas telefónicas y los mensajes se entrecruzaban, hasta que empezaron a temblarnos las piernas mientras la persona al otro lado del teléfono respondía a la llamada. Los cortes de las calles aledañas al lugar del atentado y los registros de bolsos y mochilas de quienes vivían en la zona y pretendían acceder a sus casas se extendieron durante toda la noche del viernes, en la que se nos dijo que no saliéramos a la calle. Pero el sábado por la mañana, los parisinos y las parisinas, celosos de una ciudad que resulta extrañamente familiar, que no es de nadie pero parece de todo el mundo, se esforzaron por revivirla a base de hollar sus aceras y de ocupar los asientos de sus cafés. El sábado por la mañana el terror y la confusión dio paso a la incomprensión, y a los intentos de análisis todavía teñidos de emotividad. A pesar de todo, seguimos adelante con la extraña sensación de que el amasijo de órganos, músculos, piel, huesos y nervios que somos sigue caminando, contrariamente a lo que tal vez estaba escrito en la sinfonía de aquella noche de viernes.

El horror que transmiten las caras de los supervivientes, el horror de las caras de los muertos, me traslada inmediatamente a otras caras, a otros nombres, a otras latitudes y a otros horrores que en ocasiones presenciamos en Occidente con demasiada ligereza. Como los más de cincuenta muertos en el atentado en Beirut del jueves anterior al 13 de noviembre negro parisino, o los más de 200.000 muertos en Siria desde el comienzo de la guerra. Sin duda, se impone echar la vista atrás y ver en este atentado una respuesta a la intervención francesa en Siria de hace dos meses. Tal vez éste no sea el lugar adecuado para hacer un análisis claro y completo acerca de esta intervención. Pero, como historiadora a pie de calle, puedo decir que mucha gente no entiende por qué hace un año Francia no intervino —alegando que no tenía legitimidad para hacerlo— y ahora sí —acogiéndose al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, que trata sobre la legítima defensa, según ha afirmado el Ministro de Defensa en Le Monde—.

Quienes huyen de su país jugándose la vida para tener una existencia miserable pero segura en tierra extraña no son quienes nos asesinan un viernes por la noche cualquiera. Son quienes huyen de ellos.

En lo que respecta a la autoría de los atentados, la reivindicación del Estado Islámico se hizo esperar varias horas, pero finalmente llegó en forma de amenaza: «mientras sigáis bombardeando no viviréis en paz. Tendréis miedo hasta de ir al mercado». Al parecer se han encontrado dos pasaportes, uno sirio y otro egipcio, junto a los cuerpos de los terroristas que se inmolaron en el Stade de France. A la perra cínica que soy —valga la redundancia— le resulta extraña esta costumbre terrorista de no olvidarse nunca el pasaporte en casa cuando van a cometer un atentado, y que todo su cuerpo termine hecho pedazos, no así su documento de identidad. A los terroristas del Charlie Hebdo también se les cayó su pasaporte al suelo cuando huían de la redacción, tras haber matado a 12 personas (entre ellos, 5 dibujantes del semanario) en enero de 2015.

Las reacciones políticas no se hicieron esperar. La prensa esperaba con especial atención las declaraciones de Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, quien por supuesto insistió en la situación de emergencia que vive Francia y volvió a reclamar la expulsión de los clandestinos, el cierre de las mezquitas radicales y que Francia recupere el control de sus fronteras. Este tipo de ideas, que se difunden como la pólvora entre una población cada vez más atemorizada, y avivadas por el sempiterno nacionalismo francés como telón de fondo, vienen presentadas en bandeja de plata por la reina del «os lo dije». Tras el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo ya tuvo el placer de decir que nos lo había advertido. Esta vez no fue menos. Es muy posible que el país se vea inundado por una ola de islamofobia sin precedentes. Ella nos lo había dicho.

Hace no mucho hablé en París con un refugiado afgano de 25 años que en un momento me contó su vida: había huido de su país después de que los talibanes matasen a toda su familia delante de él, cuando era adolescente. Se exilió a Londres, de donde fue deportado a Afganistán cuando cumplió la mayoría de edad, a pesar de la amenaza de muerte que pesa sobre él. Por miedo a los talibanes, este joven afgano ha vuelto a hacer el miserable y peligroso camino de regreso a Europa. La última vez que lo vi estaba en París soñando con tener papeles y no ser enviado de regreso al horror, aunque me aseguró que, si pudiese, preferiría estar en su país, donde al menos comprende la lengua y domina los códigos culturales. Quienes huyen de su país jugándose la vida para tener una existencia miserable pero segura en tierra extraña no son quienes nos asesinan un viernes por la noche cualquiera. Son quienes huyen de ellos.

 

Sara Álvarez Pérez
Acerca de Sara Álvarez Pérez 5 Articles
Profesora de español en París

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