El mar sigue estando debajo de los adoquines

la pecera
Peces como panes. Foto: Carmen Barrios

 

Hace un par de días mi hija llegó a casa entusiasmada. Al parecer, un grupo de jubilados y jubiladas irrumpió en el bar de su Facultad, Ciencias de la Información, manifestándose a favor de las pensiones dignas. Uno de ellos se subió sobre una mesa de la cafetería para explicar a voz en cuello que las pensiones están en peligro y les pidió apoyo a ellos, los estudiantes. Les pidió apoyo y solidaridad, pero también compromiso con su propio futuro. Mi hija lo contaba con ilusión en los ojos, sintiéndose parte de una lucha que le atañe, de una lucha justa, necesaria. Igual que ha abrazado la lucha feminista, abraza esta lucha también como propia, porque ha entendido que le están ofreciendo vivir como si fuera una funambulista, sobre un cable precario, que al menor traspiés la puede lanzar al vacío. Ha entendido con claridad que como mujer y como trabajadora que va a tener que ser, si no pelea solo le queda aspirar a sobrevivir en la precariedad, y esa precariedad niega también su bienestar en la vejez.

Cuando me lo relataba, me subía una especie de escalofrío de emoción por el cuerpo, pensando que igual es verdad que la marea está comenzando a subir. Que estamos volviendo a despertar del letargo de ranas a medio cocer en el que habíamos caído de nuevo tras los estertores del 15M.

El movimiento feminista ha elevado la ola lo suficiente como para llevar el miedo por inundación a la puerta de la derecha, la que gobierna y la que pretende gobernar. El PP y C’s llevan desde la gran movilización del 8M intentando calmar los ánimos de las mujeres mostrándose feministas de lazo morado en solapa (ay Rajoy!, quién te ha visto y quién te ve, que no querías ni meterte en eso de la brecha salarial, que te daba yuyu); o directamente mutados en líderes feministas propiamente, como Albert Ribera, que se ve al frente del movimiento cual “Libertad guiando al pueblo”, en el cuadro de Eugènen Delacroix. ¿Acaso pueden ser más patéticos?

El movimiento feminista ha elevado la ola lo suficiente como para llevar el miedo por inundación a la puerta de la derecha, la que gobierna y la que pretende gobernar.

Con los pensionistas van por mal camino, porque todo apunta a que les quieren hinchar a zanahorias, y muchos de ellos hace tiempo que probaron el jamón serrano.

Le toca el turno a los viejos y a las viejas

Por eso, ahora le toca el turno a los viejos. A los viejos y a las viejas. Esos y esas que parecían dormitar sin fin viendo programas de Anarosa. Pues no. Les ha salpicado en la cara una subida ridícula de la pensión del 0,25, anunciada mediante una misiva ministerial que les ha sabido a insulto a su dignidad. Y han despertado con un sobresalto. A ciertas edades, ya se sabe, no hay nada peor que los sobresaltos. Lo dicen los médicos. Han saltado del sofá como impulsados por un resorte en el culo, recordando quiénes son y de dónde vienen. Que fueron ellos, quienes rompieron los adoquines en los sesenta para buscar el ancho mar, “a por el mar, que ya se adivina, a por el mar, promesa y medida de libertad”. Se han puesto a soplar juntos en la misma dirección para levantar otra vez la ola y convertirla en un temporal. Y qué mejor que buscar aliados y aliadas. Y ahí están, llamando a la puerta de todas las generaciones.

Ahí están personas como mi madre y mi padre, y los padres y madres de mis amigas, ya jubilados todos ellos, recordándome -recordándonos- que la vida confortable a la que tenemos derecho nunca ha caído del cielo, que las conquistas y los derechos conseguidos en España nunca fueron gratis. Que la democracia llegó, con sus avances y su precario Estado del Bienestar, gracias a presiones continuas del movimiento obrero, del estudiantil y del movimiento vecinal de los sesenta y setenta del siglo pasado, y de todas esas personas comprometidas que durante los años de la dictadura franquista no dejaron de picar en el muro hasta hacer una grieta lo suficientemente ancha como para parir una democracia.

Las madres y los padres de todas nosotras han llamado también con fuerza a la puerta de sus nietos, pidiendo solidaridad, pero también algo más. Les han pedido compromiso histórico en la defensa de un derecho, el de una pensión pública digna, que es un pilar del Estado Social y de Derecho que garantiza nuestra Constitución. Y mi hija, y las hijas y los hijos de muchos, de muchas, creo que han recibido el mensaje.

En la emisión de la cadena Ser de la mañana del 15 de marzo, escuché la voz de una oyente adolescente que dejaba un mensaje emocionante en el contestador del programa de Pepa Bueno, reivindicando la figura de su abuela. Expresaba el coraje vital y la fuerza de una mujer que nunca dejó de luchar. La joven terminaba diciendo, “señor Montoro, a mi abuela nunca le han gustado las zanahorias”. Inmediatamente pensé en mi madre y en mi padre, en las madres y en los padres de mis amigos y amigas, y estoy segura que como a la abuela de la oyente, tampoco les gustan las zanahorias de Montoro, por la sencilla razón de que no son burros de carga, son seres humanos en pie de dignidad.

Con los pensionistas van por mal camino, porque todo apunta a que les quieren hinchar a zanahorias, y muchos de ellos hace tiempo que probaron el jamón serrano.

Las mujeres hemos conseguido levantar la primera ola del tsunami reclamando derechos de igualdad, que no se cumplen, exigiendo redistribución justa de la riqueza y del trabajo, defendiendo los derechos humanos de todos y de todas, requisitos indispensables para que la democracia pueda lucir su propio nombre. El sábado 17 de marzo los jubilados y jubiladas nos tendrán a todas nosotras empujando con ellos, por el derecho a una pensión pública digna, que tampoco se cumple. Entre unas y otros, entre otras y unos vamos a levantar una segunda ola gigante de protestas, a ver si conseguimos que suba tanto la marea que se inunde la Moncloa, para por fin encontrar el mar debajo de los adoquines. Que hablamos de derechos, y los derechos se defienden hasta quedar sin aire si hiciera falta.

 

 

 

Carmen Barrios
Acerca de Carmen Barrios 21 Articles
Fotoperiodista.

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