De mociones, modelos y momentos históricos

Per Albin
Per Albin Hansson

Tiene lugar el debate de moción de censura contra el ejecutivo presidido por Mariano Rajoy Brey. El resultado, salvo sorpresa monumental, es conocido de antemano; la moción no saldrá adelante y el ejecutivo seguirá en manos del mismo grupo de personas que ahora lo controla. A primera vista, pues, todo continuará como hasta ahora, lo cual dará pie a tertulianos de diverso pelaje para gastar tiempo y saliva en debatir si la decisión de presentar la moción fue tácticamente correcta o no y, si les da por aventurarse en el pasado (muy) reciente y por mirar ligeramente hacia el horizonte, comparar este debate con las dos mociones anteriores, con el fin de elucubrar qué individualidad “ha salido fortalecida” y cuál “ha sido derrotada”, expresiones muy del gusto de los comentaristas de la espuma política.

Puede ser que, en efecto, la moción se quede en un fuego de artificio, que los que la presentan sucumban al tacticismo inmediato, al juego de figuras, al “poder por el poder”, al estilo de ciertas series televisivas. Sumergidos en la vorágine del tweet ingenioso, de la declaración inmediata, de la búsqueda continuada de perfil que domina la percepción de la política de parte de la ciudadanía y de la mayor parte de los medios de comunicación, los dirigentes de UP bien pueden caer en esta dinámica. Sería un error, pero no un error incomprensible, pues es difícil pensar cuando lo que se lleva es la reacción permanente.

Momento de política sólida

No obstante, también puede ser que no lo hagan y que la moción sea no un evento, sino un momento de política sólida, de la que realmente se puedan cambiar estructuras y dinámicas sociales. Si éste es el caso, si la moción es un momento de política sólida y no de espuma, UP, por boca de sus portavoces, no presentará únicamente una alternativa al gobierno en el cargo y sus políticas actuales, sino un modelo, una propuesta de sociedad cualitativamente distinta, una idea que parta de lo que hay para transformarlo progresiva y paulatinamente. En tiempos de inmediatez puede ser difícil plantearse esta posibilidad en serio o se puede tomar como algo radicalmente utópico, en el sentido de un ideal no realizable. Sin embargo, no tiene por qué ser necesariamente el caso, ni tampoco sería la primera vez que ocurre en una democracia occidental. Merece por ello la pena referirse, siquiera brevemente, a una de esas ocasiones excepcionales de política sólida, el discurso que en enero de 1928 Per Albin Hansson, entonces portavoz del SAP (Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Suecia), pronunció frente a la cámara baja sueca durante el debate sobre los presupuestos generales.

Si, durante el debate de la moción de censura, los portavoces de UP atinan y presentan una propuesta de sociedad en la que cada persona pueda sentir que forma parte de un hogar común y que su modelo abarca y es expandible a, como poco, la Unión Europea, la moción en sí no saldrá adelante, pero eso será lo de menos. Habrán sentado sentado las bases para una transformación social.

En enero de 1928 Suecia era un país con altas tasas de paro (claramente por encima del 10%), una desigualdad social tremebunda y cuyas clases más bajas eran extremadamente pobres. En el  parlamento, bicameral en aquel momento, ningún partido tenía capacidad para encabezar un  ejecutivo sólido. Los liberales, con apoyos externos, se encontraban en el ejecutivo, si bien el partido mayoritario era el socialdemócrata. La inestabilidad parlamentaria y gubernativa era la tónica desde hacía ya varios años y parecía iba a prolongarse ad eternum. En ese contexto, Per Albin pronunció un discurso en el que no se proponían únicamente modificaciones al presupuesto presentado por los liberales, sino que se presentaba una idea de sociedad cualitativamente distinta.

Las ideas desgranadas por el portavoz del partido de los trabajadores no eran nuevas, no se las sacó de una chistera de improviso, sino que se llevaban tiempo gestando y debatiendo en privado y en público, y, entre su formulación discursiva y la posibilidad de empezar a convertirlas recurrentemente en medidas concretas, pasó un tiempo -los socialdemócratas no volvieron al gobierno hasta 1932-. La sesión parlamentaria de enero de 1928 quedó, no obstante, como un momento de política sólida porque en ella se propuso un modelo que era fácil de comprender en su formulación, que contaba con un fondo teórico y analítico profundo y que, además, estaba resumido en un concepto, en una palabra, “folkhemmet”, el “hogar del pueblo”.

No es momento de presentar el discurso entero, pero sí es útil citar su pasaje más conocido, aquél en el que se destilaba la idea central:

“Las bases del hogar son el deseo y la sensación de estar juntos. El buen hogar no conoce privilegiados ni discriminados, no hay niños mimados ni hijastros. Ninguno mira con altivez al otro. Nadie intenta obtener ventajas a costa de los demás, los fuertes no oprimen ni esquilman a los débiles, en el buen hogar rigen la igualdad, consideración, la colaboración, la ayuda recíproca. Trasladado al hogar común, al hogar de la ciudadanía, esto debiera significar acabar con todas las barreras sociales y económicas que ahora dividen a la ciudadanía entre privilegiados y discriminados, entre dominantes y dependientes, entre esquilmadores y esquilmados.

La sociedad sueca no es todavía el buen hogar de la ciudadanía. Aquí rige una igualdad formal, la igualdad en los derechos políticos, pero socialmente sigue siendo una sociedad de clases y, en el campo económico, rige la dictadura de unos pocos. Las desigualdades son manifiestas; mientras algunos habitan [y viven] en palacios, hay muchos que piensan que es una suerte si pueden continuar residiendo en sus casitas de las colonias de jardines, incluso durante el frío invierno. Mientras una parte vive en la superabundancia, hay muchos que van de puerta en puerta para mendigar un poco de pan y los pobres se angustian ante el futuro, en el que la enfermedad, el desempleo y otras desgracias se avistan. Si la sociedad sueca quiere ser el buen hogar de la ciudadanía, hay que acabar con las diferencias de clase, hay que desarrollar el cuidado social, una igualación económica tiene que tener lugar, los trabajadores han de tener su parte, también en la administración económica, la democracia se tiene que introducir y aplicar también social y económicamente.”[1]

El análisis pormenorizado de estos dos párrafos ocuparía páginas, muchas más si se establecen paralelismos con la situación corriente en Europa y en España, por lo que no va a tener lugar aquí -tampoco es el propósito de este texto-, pero cada uno puede hacerlo por su cuenta. Las similitudes con ciertas actuaciones municipales y municipalistas en curso, al menos en cierta villa castellana, que fue corte y anda hoy devenida en metrópolis, permiten intuir una raíz común.

Si, durante el debate de la moción de censura, los portavoces de UP atinan como lo hizo Hansson en nombre de su partido en 1928, y presentan una propuesta de sociedad en la que cada persona -sin importar su origen- pueda sentir que forma parte de un hogar común y que su modelo abarca y es expandible a, como poco, la Unión Europea, la moción en sí no saldrá adelante, pero eso será lo de menos. Habrán sentado sentado las bases para una transformación social.

 

 

[1]     Per Albin Hansson, „Folkhemstalet“. 18.01.1928. Traducción propia.

Enrique Corredera Nilsson
Acerca de Enrique Corredera Nilsson 9 Articles
Historiador. Del Mediterráneo al Báltico, Europa es mi casa. Por vocación me dedico a analizar el pasado, pero lo que más me gusta es pensar el futuro para construir el presente. De momento lo hago a medio camino entre una y otra mar, a la orilla de un tercero, el de Suabia”

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