Ojalá fuéramos bonobos

Ojalá fuéramos bonobos. los bonobos son unos primos hermanos de los chimpancés, un poco más esbeltos, con la cabeza algo más pequeña y con las piernas más largas, aunque seguramente ni usted ni nosotros podríamos diferenciarlos. Mientras que los chimpancés viven en un amplio espacio geográfico del África ecuatorial, desde Senegal hasta la zona de los grandes lagos de Uganda, los casi 20.000 bonobos que sobreviven al ser humano sólo se encuentran en el Congo, concretamente en la orilla izquierda del caudaloso río que Humprey Bogart y Katherine Hepburn recorrían en la Reina de África.

En esta peculiaridad geográfica estriba la razón de su diferenciación con los chimpancés. En algún momento, hace unos 800.000 años, grupos del antepasado común de ambos simios cruzaron el río Congo y se establecieron en la otra orilla. la dispar evolución de ambos grupos dio lugar a dos especies que, si bien físicamente no son muy diferentes, si lo son en términos de estructura social.

En la orilla derecha del río Congo los chimpancés llevan miles de años compitiendo con otros grandes simios más fuertes que ellos, lo que les ha obligado a especializar su alimentación en frutos y hojas de los árboles. las enormes praderas de hierba les están vedadas porque en ellas reinan los enormes gorilas.

las comunidades de chimpancés, al igual que las de sus vecinos de selva, los gorilas, están lideradas por un macho alfa que adquiere su posición y la conserva mediante la fuerza y la intimidación. Los conflictos se resuelven con violencia. Mientras que en las comunidades de bonobos, que son mayores, las hembras comparten el poder con sus hijos y pueden llegar a dominar al grupo aunque no utilizan predominantemente métodos violentos. Entre los bonobos el sexo suele resolver los conflictos, aunque a veces hay pequeñas trifulcas.

¿Cual es la razón de ese comportamiento social tan diferenciado? la inexistencia de competidores ha permitido disfrutar a los bonobos de una abundancia de alimentos por un largo periodo de tiempo, lo que ha ido reduciendo los incentivos para resolver de forma competitiva-violenta las disputas entre los miembros de la misma especie.

Los bonobos no tienen competidores en su territorio acotado por el río Congo, lo que les ha permitido ampliar su base alimentaría, comen frutos y hojas de árboles y también hierba. Han vivido desde hace miles de años en una sociedad de abundancia, donde no era necesario, como les sucedía a los chimpancés, dividirse en grupos pequeños e inestables, que muchas veces pelean entre si por un alimento escaso y localizado solo en determinados lugares. En su conducta habitual no es necesario resolver los conflictos de forma violenta. No hay necesidad de competir por un alimento escaso. Eso les ha permitido crear una estructura social más estable y, por tanto, más solidaria. los individuos más débiles siempre han podido encontrar aliados que les ayudaran en cualquier momento. Mientras, la composición de los grupos de chimpancés que salen a forrajear se modifica continuamente, por lo que no es habitual que se establezcan relaciones estables entre ellos, más allá de la dominación del macho alfa sobre sus hembras.

¿Por qué está tan valorado competir y tan poco cooperar?

Una versión manipulada de la teoría de Darwin, pero ampliamente difundida, ha intentado apropiarse de la teoría de la selección natural bajo un prisma egoísta-individualista: los mejor dotados se reproducen con más rapidez, de forma que contribuyen más que otros a la siguiente generación. Así adquieren un carácter de conducta “ejemplar” en términos evolutivos los comportamientos de quienes abusan de los demás. A partir de ahí se ha creado una moral justificativa de los comportamientos egoístas-individualistas, que está en la base del pensamiento económico liberal desde John Locke, que consideraba como natural la explotación de unos seres humanos sobre otros, ya que para él “los miembros de la clase trabajadora no pueden vivir una vida plenamente racional”, y por tanto no debían tener plenos derechos políticos. Resulta evidente que esta posición ha redoblado su fuerza a partir de la ofensiva ideológica neoliberal que vivimos desde los años setenta.

Sin embargo, hay un consenso generalizado entre los científicos que estudian los comportamientos animales sobre el importante papel de la cooperación como fuerza motriz de la selección natural. Hay una prevalencia evolutiva de los grupos en los que hay una gran cantidad de individuos dispuestos a cooperar. Martin Nowak, Director del Programa de Dinámicas Evolutivas de la Universidad de Harvard, ha llegado a señalar cinco mecanismos por los cuales los individuos cooperan para obtener éxito en términos evolutivos:

– La Reciprocidad Directa entre individuos que se encuentran reiteradamente. El “yo te ayudo hoy por si necesito que tú me ayudes mañana” no es algo propio del ser humano. En los murciélagos vampiros, que viven en grupos estables, se observa con claridad. Cuando por la noche vuelven a su refugio y alguno no ha obtenido nada de comida, este suplica a los otros que le den algo de alimento. no es extraño que alguno de los que se han alimentado satisfactoriamente regurgite parte de la comida y la comparta con el hambriento. se ha comprobado que es un comportamiento habitual que el vampiro que ha sido auxiliado devuelva más adelante el favor al compañero, lo que indudablemente favorece la supervivencia de un mayor número de individuos.

Esta necesidad que tienen los explotados de agruparse para sobrevivir explicaría la utilidad, incluso en términos de selección natural, de la existencia de sindicatos de trabajadores.

– Selección Espacial. los cooperadores tienden a agruparse como forma de sobrevivir a los egoístas. Se observa en poblaciones en las que no están entremezclados uniformemente egoístas y altruistas. Esto sucede incluso en organismos tan simples como las levaduras -sí, esos hongos microscópicos unicelulares gracias a los cuales podemos disfrutar del pan, del vino o de la cerveza-. Dentro de las levaduras también hay altruistas y egoístas, aunque su comportamiento no está determinado por elementos emocionales, culturales o por un código racional de conducta. Las levaduras cooperadoras producen una enzima (invertasa) necesaria para alimentarse de los azúcares, pero eso les exige un gasto energético y de recursos, un esfuerzo. Las levaduras oportunistas no son capaces de producir esta enzima, pero se aprovechan de la generada por las cooperadoras, que está dispersa en el medio en el que viven, para alimentarse. Si en una población de levaduras están muy entremezcladas tienden a prevalecer las células aprovechadas, pero eso no es un óptimo en términos de reproducción colectiva de la especie, ya que en una sociedad dominada por los oportunistas la tendencia será que el número total de levaduras disminuya (muy pocos trabajan para alimentar a muchos). Por eso cuando las cooperadoras son minoría tienden a agruparse en estructuras cada vez mayores, compuestas sólo de altruistas, que crecerán más que las explotadoras, es decir, que triunfan en términos evolutivos sobre ellas. En términos humanos, esta necesidad que tienen los explotados de agruparse para sobrevivir explicaría la utilidad, incluso en términos de selección natural, de la existencia de sindicatos de trabajadores.

Selección por Parentesco. Un individuo se sacrifica por sus parientes ya que, aunque al sacrificarse pierda la oportunidad de reproducirse, consigue que sus parientes puedan hacerlo y, por tanto, que su carga genética común no desaparezca. Cuanto más cercanos son los parientes más posible es que se produzca este comportamiento, ya que comparte más genes con ellos.

Reciprocidad indirecta. Esta parece que es la más habitual en los seres humanos, ayudar a otro que tiene una alta reputación en el grupo. Hacer la pelota a jefe, vamos, no es algo específico de los humanos. Entre los macacos japoneses se observa que los monos de bajo estatus social despiojan a los de posición elevada porque aumentan su prestigio al estar junto a los jefes, y así se reincrementa la posibilidad de que otros les despiojen a ellos.

Selección de Grupo. Un individuo actúa de forma cooperativa no buscando que algún otro miembro del grupo le devuelva el favor sino por el bien común del grupo. A esta selección natural grupal, que la visión egoísta-individualista de la selección natural ignora interesadamente, ya se refirió Darwin en su Teoría de la Evolución: “Una tribu integrada por muchos miembros (…) siempre dispuestos a ayudarse mutuamente y a sacrificarse por el bien común vencería a la mayor parte de las tribus; esto sería selección natural”. O dicho en términos menos belicosos y más demográficos: Una tribu que se preocupara por todos sus miembros sería capaz de aumentar su población de manera estable, esto es, tendría mayor capacidad reproductora que tribus altamente competitivas en las que solo sobrevivieran los individuos mejor dotados.

Es decir, que cooperar para sobrevivir tiene claramente resultados más óptimos, en términos de cantidad de individuos que sobreviven, que luchar individualmente por la supervivencia. Nuestro éxito evolutivo, que se manifiesta en la denostada superpoblación, pone de manifiesto que los seres humanos somos una especie supercooperadora. Partiendo de tribus pequeñas y de sencilla estructura social, los humanos hemos sido capaces de crear instituciones supranacionales que intentan encontrar elementos de gobierno común para 7.000 millones de semejantes en cuestiones comerciales, laborales, políticas, financieras y medioambientales.

¿Cómo se casa la enorme capacidad cooperadora del ser humano, a principios de este tercer milenio, con la preeminencia global del modelo de producción capitalista, que parte de presupuestos de comportamiento con altísimo grado de egoísmo-individualismo?

1) En primer lugar hay que tener en cuenta que el capitalismo también muestra un alto grado de cooperación entre los seres humanos, en el interior de las empresas, entre las propias empresas (creando acuerdos de colaboración tecnológica, oligopolios pactados, etc.) y entre las empresas y los Estados.

2) En segundo lugar hay que reconocer que el capitalismo ha sido capaz de crear, en los tres últimos siglos, una enorme abundancia material para parte de la población mundial. Abundancia que en parte es real -ha permitido incentivar la producción e intercambio de infinidad de bienes materiales y de servicios- y en parte ficticia -creando en multitud de ocasiones medios de pagos muy por encima de las necesidades de intercambio y procesos de inflación de activos que han terminado en burbujas financieras-. Aunque en esa “victoria” del capitalismo esta su debilidad. la extensión del crecimiento económico capitalista a todo el planeta, con el objetivo de suministrar bienes y servicios como los que se disfrutan en los países de las dos orillas del Atlántico norte, se encuentra con los límites físicos de la Tierra (en términos de cambio climático y de obtención de recursos y energía). Muchas de las sociedades más avanzadas del planeta, que hasta ahora disponían de todo lo que deseaban, no podrán seguir viviendo en la abundancia, se empobrecerán, al menos en términos relativos con el resto.

Cooperar para sobrevivir tiene claramente resultados más óptimos, en términos de cantidad de individuos que sobreviven, que luchar individualmente por la supervivencia.

Podría pensarse que la “victoria” del capitalismo, al disminuir la sensación de escasez, genera una tendencia a que los comportamientos vuelvan a ser más individualistas-egoístas, ya que, en términos evolutivos, lograr la máxima eficiencia energética deja de ser una prioridad en términos de alimentación-reproducción, de supervivencia, colectiva. Pero la realidad social de los bonobos de la orilla izquierda del río Congo muestra que cuando no hay escasez objetiva por un largo periodo de tiempo, y se establecen límites a los depredadores de la propia especie, desaparecen los incentivos para que haya formas violentas-competitivas de resolver los conflictos. Los bonobos nos llevan muchos miles de años de ventaja viviendo en abundancia y, por tanto, compitiendo poco entre ellos. Los seres humanos solo hemos podido disfrutar de una cierta abundancia, para una parte de la sociedad, no para todos, desde unos pocos cientos de años.

Sin embargo, la creciente complejidad de las sociedades humanas hace que la concentración de poder en muy pocos individuos, y las desigualdades derivadas de ello, puedan ser mucho mayores que entre los bonobos, y que se puedan transmitir entre generaciones. Ello hace que muchos comportamientos humanos egoístas deriven en depredación sobre otros humanos, como pone de manifiesto que las ideas de locke proliferan en exceso en las Escuelas de negocios. En palabras de Gandhi: “La Tierra tiene suficientes recursos para satisfacer las necesidades de toda la gente, pero nunca tendrá suficiente para satisfacer la codicia de unos pocos”. Aunque no haya escasez global sí la hay relativa entre unos grupos sociales y otros, propiciada por los que disfrutan actualmente de privilegios.

Por eso la mayor eficiencia energética de los comportamientos cooperativos, y su fuerte relación con selección natural grupal, no nos debe llevar al determinismo histórico-evolutivo. no estamos subiendo peldaños de una escalera hacía un futuro prometido; más bien nos encontramos en un juego de Mario Bros (o la Oca para los más mayores) en el cual hay trampas que nos pueden hacer bajar de nivel (de la Muerte a la casilla de inicio o del laberinto al Treinta) o paralizar el proceso (la Cárcel, el Pozo) debido fundamentalmente a dos cuestiones que no hay que minusvalorar:

1) Las respuestas colectivas son más eficientes, siempre que los organizadores (gestores) de la estructura colectiva (ya sean militares, emperadores, señores feudales, Papas y obispos, eunucos en la corte china, nomenclatura soviética, accionistas de bancos, directivos de las empresas o castas corporativas de altos funcionarios) no se apropien de los ahorros generados por la actuación colectiva a la hora de cubrir sus necesidades. Para reducir la apropiación de esos egoístas- individualistas es necesario un fuerte control sobre esos organizadores (gestores), es decir, una democracia de alta calidad y capacidad de actuación sobre el poder económico, incluidos castigos ejemplarizantes, que sean desincentivadores para todos aquellos que intentan beneficiarse de que los demás cooperen.

Cómo se casa la enorme capacidad cooperadora del ser humano, a principios de este tercer milenio, con la preeminencia global del modelo de producción capitalista, que parte de presupuestos de comportamiento con altísimo grado de egoísmoindividualismo?

2) Aquellos individuos o grupos sociales con claros privilegios intentarán mantenerlos a costa de los individuos más débiles, usando tres estrategias depredadoras:

– Para evitar restricciones colectivas sobre bienes cuyo disfrute consideran un privilegio intentarán retrasar esa percepción de escasez en la sociedad. Es el caso, por ejemplo, del cuestionamiento del cambio climático. En el pasado de la humanidad se han dado varios casos en los cuales algunas civilizaciones no han sido capaces de percibir los límites a su crecimiento, fundamentalmente por el ocultamiento de los grupos dirigentes hasta que fue demasiado tarde y sus sociedades terminaron colapsando. Es el caso de la isla de Pascua: la construcción de estatuas para mayor enaltecimiento de los jefes y sacerdotes tribales supuso que se arrasara con todos los árboles de la isla, lo que impidió la pesca, terminó con las aves terrestres y favoreció la erosión del suelo haciendo menos productivos los cultivos. La sobreexplotación de los recursos, por el capricho de sus grupos dirigentes, condenó a las siguientes generaciones al hambre endémica, y a la práctica habitual del canibalismo hasta la llegada de los europeos en el siglo XVIII (el mayor insulto era “la carne de tu madre se queda entre los dientes”). Y también, en mayor magnitud, de la civilización maya, cuyos reyes y nobles en vez de tomar medidas de forma colectiva para hacer frente a la fuerte sequía que padeció el Yucatán desde el siglo Viii d. C. se dedicaron al enriquecimiento individual mediante guerras con otras ciudades mayas e incrementando la sobreexplotación del campesinado. La principal causa del colapso de esas sociedades, en un entorno natural con un equilibrio frágil, fue que sus clases dirigentes intentaron mantener sus privilegios a costa del empobrecimiento de sus súbditos. la percepción de una creciente escasez relativa no es fácil de detectar por todos los individuos en sociedades muy complejas. Cuanto menos se tarde en percibir la escasez por un gran número de ciudadanos más pronto se tomarán decisiones de gestión colectiva y menos gente sufrirá (desempleo, exclusión social, malnutrición, escaso tratamiento de las enfermedades) y será más difícil que se disgregue la confianza social, elemento básico para que una sociedad permanezca cohesionada.

– Justificarán la distribución de aquellos productos y servicios cada vez más escasos bien por criterios de autoridad, lo que ha sido más habitual en el pasado, o de mercado, criterio más aceptado en el presente (tendrán acceso a determinados bienes y servicios solo quienes tengan capacidad individual de pagarlos). Con ello intentaran evitar un incremento de los impuestos que facilite una gestión colectiva de las necesidades y, por tanto, que su satisfacción se realice por criterios de igualdad de derechos.

– Utilizarán la escasez para incrementar la violencia social, bien con un imaginario enemigo exterior, bien enfrentando a diferentes grupos sociales (trabajadores nacionales descualificados contra inmigrantes, trabajadores en activo contra jubilados) en el interior de sus sociedades. Esperan que, magnificando las pequeñas diferencias de unos grupos sociales frente a otros, no se cuestionen sus enormes privilegios.

Hablar de cooperación es una extraña forma de empezar un libro sobre competitividad, tal vez haya pensado el amable lector. Puede ser, pero antes de adentrarnos en las entrañas del objeto de este libro queríamos hacer una reflexión sobre que las estrategias competitivas no son algo inherente al comportamiento animal en la lucha por la supervivencia, y menos al humano, y que ni siquiera vienen determinadas por el grado de escasez o abundancia de una sociedad.

Aunque lo que es imprescindible para que se deje de ver a otros seres humanos como competidores es el desarrollo de instituciones capaces de resolver los conflictos de forma participativa y no violenta.

Mientras no se produzcan los cambios tecnológicos e institucionales que nos permitan disfrutar de un reparto más equitativo, una vez superada la actual situación de crisis en los países desarrollados, la tendencia en las próximas décadas será a que la humanidad se enfrente a una escasez relativa (en fuentes energéticas y en determinadas materias primas insuficientes para cubrir una demanda creciente derivada del acceso a bienes de consumo de gran parte de las poblaciones de los países emergentes). Esto obligará a los diferentes gobiernos a desarrollar políticas que tengan como objetivo la reducción al mínimo las posibles restricciones materiales que puedan afectar a sus ciudadanos. El poder que alcance cada país, o grupo institucionalizado de países, en la escena global será determinante para que la tendencia a una creciente escasez global afecte en menor medida a sus ciudadanos. Es posible que lo más parecido en la actualidad a unos bonobos humanos sean los noruegos (conjugan abundancia material derivada de sus inmensas reservas de petróleo y gobierno del labour Party desde 1935, excepto durante 16 años) que desde hace varios años encabezan el Índice de Desarrollo Humano de la OnU, mientras en el resto del planeta nos encontramos en diferentes niveles jerárquicos de un mundo dominado por machos alpha gorilas (más dictatoriales) o chimpancés (más aparentemente demócratas).

Las estrategias competitivas no son algo inherente al comportamiento animal en la lucha por la supervivencia, y menos al humano, y que ni siquiera vienen determinadas por el grado de escasez o abundancia de una sociedad.

Hasta que alcancemos a configurar una sociedad de bonobos a escala global en la que haya abundancia de bienes y servicios sin rebasar los límites medioambientales, y los depredadores internos a la especie hayan visto reducida su capacidad de actuación egoísta-individualista gracias a la resolución no violenta de los conflictos, habrá que seguir estudiando los mecanismos de competencia que regulan los procesos económicos en el marco del sistema capitalista, mecanismos que han ido determinando una especialización comercial y productiva en los distintos países. En el caso de Europa este análisis debe partir de la premisa de que en cada producto europeo que se exporta no sólo hay costes relacionados con la energía, con los aprovisionamientos de materias primas y bienes semielaborados, con la remuneración al capital y al trabajo, sino también con los costes de mantener un sistema democrático y un amplio conjunto de derechos sociales y laborales.

Por eso Europa no puede competir en el ámbito global principalmente a través de productos y servicios estandarizados cuyo factor más importante de competitividad sea el precio, sino que debe apostar con fuerza por otros valores para el consumidor (marca, calidad, innovación, diferenciación), lo que se conoce como Competitividad Estructural.

La Competitividad Estructural de una economía parte de la consideración de que, además de a factores internos de gestión empresarial, la capacidad competitiva de las empresas depende de la estructura económica de la que forman parte, y sobre la que se puede actuar: 1) el tamaño y sofisticación de la demanda nacional, 2) las estructuras de las relaciones de producción nacionales entre diferentes sectores, 3) el tamaño y poder de mercado de proveedores y clientes, 4) la difusión de tecnología.

En gran medida la Competitividad Estructural es la que crea su propia demanda específica (o la elige), en la medida que las empresas que optan por esta estrategia son capaces de imponer precios sobre clientes y proveedores al disponer de situaciones de oligopolio o monopolio en alguna parte del proceso de la cadena de creación de valor. Ello les permite ofrecer una adecuada remuneración a largo plazo del capital invertido, lo que atrae nuevas inversiones que hacen que esas empresas puedan seguir llegando las primeras a la meta, porque ellas han definido donde está la meta. En este modelo de competitividad la reducción de salarios es contraproducente, no solo reduce la demanda agregada, también genera un efecto de fuga de los trabajadores más capacitados y cualificados, aquellos que más incrementan el valor de este tipo de empresas.

Resignarse a producir mayoritariamente bienes estandarizados es apostar por empresas precio-aceptantes, cuya única capacidad de ganar cuota de mercado es competir por precios más bajos, lo que a la larga reducirá el volumen de empleo, vía mecanización de procesos, o los salarios, en actividades muy intensivas en mano de obra. Ello no quiere decir que no haya que seguir haciendo esfuerzos en las empresas para reducir sus costes energéticos, de suministro de materias primas y financieros.

Europa no puede competir en el ámbito global principalmente a través de productos y servicios estandarizados cuyo factor más importante de competitividad sea el precio, sino que debe apostar con fuerza por otros valores para el consumidor.

Pero para que triunfe a escala global un modelo social en el que la cooperación tenga un peso fundamental, como es el de Europa, es imprescindible seguir cooperando entre nosotros, entre los países de la UE, agrupándonos como las células altruistas de la levadura, y también en el interior de la cada una de las sociedades europeas. Para ganar, en términos evolutivos, a las células-sociedades egoístas hay que hacer un notable esfuerzo para mejorar nuestra Competitividad Estructural, lo que exige una fuerte colaboración pública-social-privada en la regulación de determinadas actividades económicas, en el desarrollo de una adecuada política industrial sectorial, en la creación de infraestructuras públicas que impulsen la inversión privada, en el impulso a la investigación y el Desarrollo tecnológico, en los incentivos a la reinversión de beneficios, en la implicación y participación de los trabajadores en la generación de valor en la empresa y, por tanto, en su gestión.

 

 

Bruno Estrada
Acerca de Bruno Estrada 27 Articles
Economista. Adjunto al Secretario General de CCOO. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y del Consejo Internacional de Economía de PODEMOS.

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