Santiago ¿o Prisciliano? de Compostela

Prisciliano
Prisciliano de Compostela

¿Una fraudulenta operación de marketing político-religioso sobre un cadáver decapitado que dura ya más de un milenio?

Mahoma murió en la Meca en el año 632 d.C. después de fundar una nueva religión. No obstante, La Meca ya era un tradicional lugar de peregrinaje de los árabes politeístas preislámicos, muy anterior a la creación del Islam. En ella, junto a otros dioses, se veneraba la piedra negra, la Kaaba, que posiblemente sea una roca de un meteorito, de ahí su identificación con un regalo del cielo, de los dioses.

Antes de la muerte del profeta sus seguidores habían impuesto su dominio militar, y su religión, en toda la península de Arabia. Tras su muerte se extendieron por Oriente Medio y el norte de África, en el año 711 cruzaron el estrecho de Gibraltar y entraron en nuestra península.

Cien años después, bajo el reinado de Alfonso II de Asturias, un ermitaño contó al obispo de Iria Flavia que había visto unas luces extrañas en un frondoso bosque donde quedaban restos de un poblado romano y de una abandonada necrópolis. Libredón se llamaba ese lugar, cuyo significado puede ser “castro del camino”.  Posiblemente las luces eran fuegos fatuos debidos a la ignición del metano producto de la putrefacción de restos animales o vegetales.

Llegaron a la conclusión que los restos humanos del enterramiento, en el que había un cadáver decapitado, pertenecían al apóstol Santiago “El Mayor”, uno de los doce apóstoles de Jesús de Nazaret. Un descubrimiento importante en aquellos años ya que los musulmanes mantenían su lugar de peregrinaje en la Meca, mientras que los cristianos no podían hacerlo en Jerusalén, bajo dominio arabe.

Alfonso II decidió fundar una iglesia en dicho lugar que a partir de entonces se llamará Compostela. Ello le permitió consolidar su poder en esa zona, situada en unos olvidados territorios del joven reino astur, y utilizar los supuestos restos del santo como reclamo religioso y militar para toda Europa en su lucha contra los reyes musulmanes de la península.

En el noroeste peninsular era donde la influencia visigoda había sido menor (y también la romanización previa), ya que fue el pueblo germánico de los suevos, procedente del Báltico, el que se había instalado en la provincia romana de Gallaecia a comienzos del siglo V (una área que incluiría Galicia, Asturias, León, parte de Zamora y Palencia y el Norte de Portugal).  El asentamiento de varios miles de suevos, algunos historiadores hablan de no más de treinta mil, fue fruto de un acuerdo con el emperador Honorio que les concedió la ciudadanía romana y posiblemente les otorgo la capacidad de recaudar la mayor parte de los impuestos que se cobraban en nombre de Roma. Situaron su capital en la portuguesa Braga. Los suevos, ya cristianizados, fueron finalmente expulsados por los visigodos a finales del siglo VI.

Alfonso II decidió fundar una iglesia en dicho lugar, que a partir de entonces se llamará Compostela. Ello le permitió consolidar su poder en esa zona y utilizar los supuestos restos del santo como reclamo religioso y militar para toda Europa en su lucha contra los reyes musulmanes de la península.

Compostela ofrecía un nuevo y accesible lugar santo a la cristiandad a la vez que fortalecía los débiles asentamientos cristianos del norte peninsular. Las peregrinaciones de cristianos de toda Europa hacia Compostela permitieron poner en el mapa cristiano esas olvidadas tierras del noroeste de la península. Un golpe maestro en términos de geoestrategia religiosa-militar de la época.

Sin embargo, desde el siglo XIX varios historiadores españoles y extranjeros, consideran que quién está enterrado en la tumba del apóstol es otra persona, el hereje Prisciliano, también decapitado, pero unos cuatro siglos después por orden del emperador Teodosio, él mismo que hizo del catolicismo la religión oficial del Imperio romano.

Parece que Prisciliano, llamado de Ávila, fue un obispo hispano que en el siglo IV había fundado una comunidad cristiana asceta que se caracterizaba por la igualdad sexual y el culto a la Naturaleza. Posiblemente ese cristianismo tuviera algo de sincretismo con el mundo celta preexistente, ya que en la Irlanda celta la igualdad entre ambos sexos era mayor que en el mundo romano. El propio Julio Cesar se refiere a las mujeres celtas diciendo: “Una hembra celta iracunda es una fuerza peligrosa a la que hay que temer, ya que no es raro que luchen a la par de sus hombres, y a veces mejor que ellos”.

Pero lo realmente peligroso de las ideas de Prisciliano era la crítica a la creciente opulencia de los jerarcas de la Iglesia católica, por eso algunos teólogos protestantes lo han llegado a considerar como un percusor de las ideas de Lutero.

La progresiva expansión del revolucionario ideario del priscilianismo hacía el sur, el actual Portugal, y el integrismo religioso del Emperador Teodosio lo convirtieron en el primer cristiano ejecutado por los mismos cristianos tan solo por sus ideas, el primer hereje ajusticiado, luego vendrían muchos más. Parece que muchos obispos religiosos se opusieron a tal medida, incluso el Papa Siricio protestó. Juan Crisostomo, patriarca de Constantinopla, y uno de los cuatro padres de la Iglesia de Oriente dijo, con una gran clarividencia, que “Condenar a muerte a un hereje sería desencadenar en la tierra una guerra sin cuartel”. En el año 389 los seguidores de Prisciliano fueron autorizados a exhumar el cadáver que estaba enterrado en Tréveris (Francia) y trasladarlo a su Gallaecia natal, ya se sabe el gusto medieval por los huesos de próceres de la Iglesia, parece que dicha labor fue realizada por Dictinio, obispo de Astorga. Lo que es seguro que los restos de Prisciliano volvieron a las húmedas tierras gallegas.

Ante la imposibilidad de negar esa evidencia prominentes miembros de la jerarquía católica han intentado ofrecer en la actualidad otros supuestos lugares de enterramiento del hereje Prisciliano. El integrista Monseñor Guerra Campos, contrario al Concilio Vaticano II, obispo de Cuenca desde 1973 hasta su muerte, indicó otro emplazamiento en Pontevedra.

Este thriller religioso que dura ya más de un milenio tiene una fácil solución, hacer las pruebas del carbono 14 a los restos que están enterrados en la catedral de Santiago, para ver si son del siglo I y, por tanto, del apóstol Santiago, o del siglo IV y, esto es, del hereje Prisciliano.

Pero la Iglesia católica siempre se ha negado a someter a estos huesos santos a una prueba definitiva que permitiría fecharlos con exactitud. ¿Tendrán algo que ocultar?

Tampoco parece que la batalla de Covadonga fuera muy relevante en las escaramuzas que se produjeron por las incursiones árabes en el Norte peninsular, y está comprobado que los guerreros que se enfrentaron a las tropas de Carlomagno en Roncesvalles eran vascones, no sarracenos, pero esas son otras historias.

En todo caso parece indudable que tanto Covadonga como Roncesvalles y Santiago de Compostela formaron parte del intento de construir un sentimiento nacional excluyente, basado en la religión católica. Una construcción ideológica sobre la historia de nuestro país que poco tiene que ver con lo que sucedió realmente.

 

 

 

 

Bruno Estrada
Acerca de Bruno Estrada 25 Articles
Economista. Adjunto al Secretario General de CCOO. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y del Consejo Internacional de Economía de PODEMOS.

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