Sombras de otoño

Personas tras los cristales
Lo que se intuye. Foto: Carmen Barrios

Llega el otoño y, por lo que parece, llega cargado de sombras que en estas últimas semanas se hacen visibles en el terreno de la política regional alemana. Tanto sus raíces como su contorno van no obstante mucho más allá de los lugares donde se manifiestan y un vistazo, siquiera uno somero, a lo que estas sombras dibujan puede ser constructivo. AfD, “Alternativa por Alemania”, un partido de imaginario e ideario nacional-conservador-burgués en grado sumo y que abiertamente coquetea con movimientos neofascistas y/o reaccionarios, cosecha éxitos relativos en los comicios de Mecklemburgo-Antepomerania y de Berlín. En “Meck-Pom” -como se conoce de forma abreviada al Land costero nororiental- AfD obtuvo el 20,8% del total de sufragios y en Berlín el 14,2% al tiempo que los dos llamados “partidos de masas”, SPD y CDU, sufrían pérdidas notorias de votantes, en el caso de la CDU tan acusadas que en Mecklemburgo cayó al puesto de tercera fuerza más votada por detrás de AfD. Para AfD, un partido de reciente creación e implantación, sus resultados no son nada desdeñables y, junto con la crisis de SPD y CDU, han abierto un debate en Alemania en torno al cambio del panorama político, así como acerca del uso del miedo como recurso para ganar apoyos electorales entre la población.

El éxito de AfD es, no obstante, relativo, dado que el número de representantes obtenidos en ambos parlamentos regionales no sirve para provocar un bloqueo en su funcionamiento ni para impedir la conformación de mayorías de gobierno. En otras palabras, los resultados de AfD son una seria señal de alarma que no se debe –ni se puede ya– ignorar, pero de momento son más señal que otra cosa.

AfD parece ser también producto de un problema de fondo, la desatención por parte de la clase política de la deficiente estructuración del sistema socio-productivo y las consecuencias negativas que ello genera, no sólo en lo que a las brechas en ingresos y, todavía en muchos casos, en formación se refiere, sino también entre áreas de población y en dinámicas poblacionales.

Hasta la fecha, los análisis se han centrado principalmente en, por un lado, describir al nuevo partido y, por otro, dar vueltas en círculo en torno a la crisis de los dos partidos mayoritarios, repitiendo preguntas sobre los problemas de liderazgo en el SPD –su cabeza actual, Sigmar Gabriel, dista de ser una figura aceptada por todos– y sobre la política con respecto a los refugiados impulsada por la canciller Merkel –miembro de la CDU–. Otros temas han sido ignorados o han quedado en un muy segundo plano y, sin embargo, es posible que en ellos haya claves para entender la situación.

Dos aspectos resultan de interés, pues van más allá de la política alemana y se pueden encontrar paralelismos en otros lugares de Europa. En primer lugar, en ambas elecciones tuvo lugar un notorio aumento de la participación electoral. En Berlín votaron el 66,9% de los electores –frente al 60,2% de 2011– y en Mecklemburgo-Antepomerania se pasó del 51,5% al 61,9%. Tanto en uno como en el otro caso una buena parte de las personas, que esta vez sí fueron a votar, lo hizo por AfD. Es decir, parte del éxito de AfD consiste en que consiguió atraer a gente que había dejado de participar en el sistema y los volvió a meter en el mismo. Junto con el aumento de la participación llama también la atención la distribución geográfica de los apoyos a un partido como AfD. En uno de sus últimos números antes de las elecciones, el semanario Die Zeit publicaba un extenso reportaje en el que mostraba que las zonas geográficas de mayor concentración de voto de AfD y otros partidos europeos de corte similar, el UKIP en Reino Unido, el Front National en Francia y el FPÖ en Austria, son similares: territorios en los que desde hace años hay pérdida de población, en los que la densidad poblacional no es muy grande y las perspectivas de futuro son de tendencia negativa. Expuesto de otro modo, no es que a todos los votantes de AfD les vaya mal personalmente, sino que las dinámica y perspectivas de las regiones en las que muchos de ellos habitan son, en su conjunto, negativas. El mapa electoral de Berlín y Meck-Pom, a primera vista, parece repetir –al menos grosso modo– esta situación.

El voto en las “zonas perdedoras”

Así, una parte de la población en general y, más en particular, los habitantes de zonas “perdedoras” dentro de la dinámica socio-productiva actualmente imperante, parecen estar mandando con su voto dos mensajes entrelazados que sería bueno situar de manera más directa bajo los focos del debate público. Primero, no han dejado de creer en la política dentro del marco democrático como el medio a través del cual buscar soluciones a lo que perciben como problemas o fuentes de intranquilidad. Al contrario, toman la participación electoral en democracia como el camino para comunicar sus inquietudes. El problema reside en que el camino escogido para rebelarse contra su situación es votar a partidos cuyas propuestas son un peligro para el conjunto de la sociedad, partidos que presentan un adversario deshumanizado –el foráneo en general y el refugiado más en concreto– como un culpable universal sobre el que descargar la frustración, partidos que prometen falsas soluciones sencillas y la vuelta a una Arcadia feliz situada en un pasado irreal en el que todo parece haber sido mejor. Sin obviar el hecho de que AfD es el nuevo refugio de un votante de valores y visiones sobre la sociedad extremadamente conservadoras y que ya no encuentra cabida clara en su partido tradicional, la CDU. AfD parece ser también producto de un problema de fondo, la desatención por parte de la clase política de la deficiente estructuración del sistema socio-productivo y las consecuencias negativas que ello genera, no sólo en lo que a las brechas en ingresos y, todavía en muchos casos, en formación se refiere, sino también entre áreas de población y en dinámicas poblacionales. Europa y Alemania son un espacio de ciudades pero, ¿queremos que sea un espacio de metrópolis sin ciudades pequeñas y sin pueblos? ¿Qué distribución poblacional queremos a gran escala? ¿Y dentro de las ciudades? Ésas son preguntas que también hay que plantearse.

 

 

 

 

 

 

Enrique Corredera Nilsson
Acerca de Enrique Corredera Nilsson 9 Articles
Historiador. Del Mediterráneo al Báltico, Europa es mi casa. Por vocación me dedico a analizar el pasado, pero lo que más me gusta es pensar el futuro para construir el presente. De momento lo hago a medio camino entre una y otra mar, a la orilla de un tercero, el de Suabia”

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