Tambores de guerra. La economía da nuevas oportunidades al belicismo

Muro en guerra
Muro rasgado. Foto: Carmen Barrios

El primitivismo de gestos de Trump y la puesta en marcha de los discursos del odio y la intimidación en un grado desconocido acentúa la impresión de ser un accidente, un imprevisto, un estorbo para el desenvolvimiento del nuevo capitalismo. Craso error. Aunque así lo pareciera en estos días, el paso del tiempo va a convertirlo, sin duda, en una oportunidad para las fuerzas económicas más reaccionarias para forzar un nuevo consenso. No despreciarán el momento. Veremos como, poco a poco, se impone una nueva agenda desreguladora mientras retornan, en todo el mundo, formas de poder y control social de perfiles duros.

No es de extrañar que el primer consenso internacional se haya producido en torno a la OTAN y al gasto militar. Sin un peligro que lo justifique la UE se muestra dispuesta a subirlo hasta situarlo en el 2% del PIB. ¿Alguien duda que la magnitud de esta carrera armamentística (EEUU, Rusia, China, Turquía, Corea, Japón, el Reino Unido y ahora la UE) anticipa el tamaño de los conflictos bélicos que se avecinan? ¿Alguien duda que la contrapartida en el gasto en defensa de la UE (déficit público keynesiano) es la continuación de las políticas de ajuste?

 

El primer consenso internacional se ha producido en torno a la OTAN y al gasto militar. Sin un peligro que lo justifique la UE se muestra dispuesta a subirlo hasta situarlo en el 2% del PIB. ¿Alguien duda que la magnitud de esta carrera armamentística (EEUU, Rusia, China, Turquía, Corea, Japón, el Reino Unido y ahora la UE) anticipa el tamaño de los conflictos bélicos que se avecinan?

 

Otro camino para resolver la crisis de legitimidad

Los elegidos para dar forma a este momento son millonarios que deciden tomar el mando directo de la política, sin intermediarios profesionales. No tienen un discurso acabado pero han decidido tomar la iniciativa y cabalgar sobre el descontento social de la desigualdad y atajar la crisis de legitimidad de los valores y pautas de la globalización neoliberal. Significa que estamos en uno de esos momentos históricos en los que el núcleo duro del poder, compuesto por las fuerzas económicas y las fuerzas del orden, necesita dar la cara, salir a la intemperie.

El mensaje que nos lanzan es que se necesita un nuevo diseño del largo plazo que redefina lo que se quiere hacer con la administración, la justicia y la educación, la economía. Lo que nos dicen es que el soft-power, que ha estado muy conectado con las administraciones demócratas de Clinton y Obama y con el discurso optimista de las nuevas tecnologías no les representa. Que debe retornar las lógicas de poder duro, que esa es la única forma de recuperar apoyos entre los desfavorecidos, sean obreros desplazados por la deslocalizacion de actividades o industrias incapaces de sobrevivir a la competencia china en un entorno de librecambio y reclaman el retorno hacia un neo-mercantilismo como reflejo proteccionista conservador.

Se trata de otra forma de abordar el futuro, situado aparentemente en las antípodas de las soluciones propuestas por los oligopolios tecnológicos, los Google, Appel, Microsoft, Facebook o Amazon que defienden una lógica basada en la innovación de ruptura y en la capacidad de seducción de la economía digital en tanto que proveedores indiscutidos de los nuevos mitos e ideologías (emprendimiento, economía colaborativa, entornos abiertos, creatividad) que triunfan en el mundo. Pero no hay que dejarse engañar por los mitos. Si esas corporaciones representaban hace diez años valores diferenciales sobre la ética empresarial, la retórica inclusiva de la responsabilidad, la participación social y la transparencia, hoy se sitúan a la vanguardia del capitalismo financiero y de muchos de sus vicios.

En ese contexto, como señala Paul Krugman, “lo raro es que la reacción a la globalización haya tardado tanto”.

 

Retornan las lógicas extractivas y los valores asociados a la destrucción

Los diferentes valores económicos suelen estar conectados con modos concretos de producir y de generar riqueza. Las elites extractivas más “puras” y sinceras surgen de sectores desenganchados de la innovación productiva, que actúan como si la riqueza fuera finita y debiera ser explotada en una carrera contra el reloj para apropiarse del máximo beneficio en el menor plazo posible, con lógicas que dependen de planteamientos rentistas y de apropiación de valor.

Con Donald Trump retorna la América corporativa más rancia que ya estaba representada en el gobierno presidido por George W. Bush. Si aportan un salto cualitativo en el primitivismo es, entre otros factores, porque las bases de negocio de los sectores que los apoyan han cambiado tras la crisis del 2008. Se han hecho más insostenibles. Si entonces la administración representaba la alianza entre la industria militar y las industrias extractivas más conservadoras, (las petroleras de Texas, algunas eléctricas – entre ellas la paradigmática Enron-) ahora esos actores vuelven a la escena, con el apoyo de la nueva industria del fracking, y los sectores inmobiliarios y del juego.

Con Donald Trump retorna la América corporativa más rancia, que ya estaba representada en el gobierno presidido por George W. Bush. Si aportan un salto cualitativo en el primitivismo es porque las bases de negocio de los sectores que los apoyan han cambiado tras la crisis del 2008.

De ahí el papel relevante asignado a la industria financiera post-crisis, presionada por la competencia de las fin-tech y con dificultades para recuperar sus márgenes en la intermediación tradicional. Si Bush reconoció que EEUU era un yonqui que debía superar su “adición al petróleo ahora es la industria financiera, acostumbrada al dinero barato asociado a las políticas expansivas del dinero (QE), la que necesita su dosis diaria de droga para sobrevivir. Gestionar su sustitución cuando se acerca su final es decisivo y de ahí la urgencia de revertir, entre las primeras medidas, la regulación del sistema financiero impulsada por Obama.

No importan las consecuencias a largo plazo cuyos riesgos ignoran. Si son negacionistas respecto al calentamiento global y la crisis energética, es porque sus culturas empresariales comparten el cortoplacismo que los mercados financieros han impuesto a la economía.  Defensoras de la explotación intensiva de recursos naturales asumen como normal la captura de las instituciones para obtener rentas de monopolio y del uso de la fuerza para captar mercados exteriores. El belicismo y las restricciones democráticas forman parte de su lógica de poder.

 

Superadas la época de guerras asimétricas, el belicismo apunta más alto

Bajo la apariencia del soft-power y a pesar de los esfuerzos por frenar el poder del lobby militar-industrial, los ocho años de Obama han consolidado los efectos brutales de las llamadas “guerras asimétricas” iniciadas en las anteriores administraciones republicanas. Aunque la neolengua las calificó de “baja intensidad” en realidad eran de altísima intensidad, con efectos devastadores para las estructuras estatales de Iraq, Libia o Siria, es decir, la orilla sur del Mediterráneo, alimentando las excisiones tribales y religiosas, el terrorismo sectario y millones de refugiados.

No son guerras como las otras. Responden a una actuación implacable propia de la hegemonía absoluta de EEUU, que defiende las “demostraciones de fuerza decisiva o abrumadora” (doctrina Powell) junto a estrategias de “conmoción y pavor”. Se trata de una nueva forma de dominio que no tiene reparos en destruir a los Estados en lugar de someterlos o corromperlos, como hizo siempre, un nuevo fenómeno que el filosofo francés Alain Badiou describe con el término zonificación, que consiste en crear zonas infraestatales que son, en realidad, zonas de saqueo sin Estado en las que las industrias extractivas imponen su ley.

Ahora, la llegada de Trump puede apuntar más alto y aspirar a piezas mayores, como pueden ser la desestabilización de Irán o incluso de China.

Y ofrece nuevas oportunidades para trasladar a la política las lecciones de las lógicas militares “de cerco”, una vertiente en las que la Union Europea ya ha adquirido experiencia. Grecia fue ya zonificada en el sentido de convertirla en un neo-protectorado desde que la firma del tercer memorando la colocó bajo el control permanente e institucionalizado de los poderes financieros. Pero, en estos momentos, Alemania y su ministro Schäuble coquetea otra vez con colocarles muy cerca del rango siguiente, con un Estado desaparecido por completo.

Grecia fue zonificada y convertida en un neo-protectorado desde que la firma del tercer memorando la colocó bajo el control permanente e institucionalizado de los poderes financieros. En estos momentos, Alemania y su ministro Schäuble coquetea otra vez con llevarla al rango siguiente, un Estado desaparecido por completo.

Significa un nuevo salto en tendencias que se vienen consolidando en los últimos 20 años que sancionan el dominio de lo fáctico, lo unilateral y lo privado sobre lo institucional, lo multilateral y lo público. Pero debe entenderse, ante todo, como un ensayo general de nuevas formas de ejercicio del poder que tienen que ver con la necesidad percibida por una parte de las élites globales de testar mecanismos de coerción y de limitación democrática adecuadas a la desazón social que provoca la desigualdad en el mundo. La incapacidad para resolver los problemas económicos da nuevas oportunidades al belicismo.

Ignacio Muro Benayas

@imuroben

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